domingo, 27 de abril de 2014

Vidala del fondo herido

En El amor en los tiempos del cólera Gabriel García Márquez dice algo así como que empezamos a envejecer cuando nos vemos parecidos a nuestro padre. La cita no es textual ni pretende pecar de oportunista.
Más allá de cuestiones de herencia o de repetición yo creo que empezamos a envejecer cuando nos descubrimos limitados y frágiles. Cuando situaciones que anteriormente aparecían como lejanas o ajenas comienzan a tocarnos el hombro o, en mi caso, el culo. Cuando descubrimos que podemos fallar en cuerpo y mente, o cuando una fragilidad de la segunda lleva a dudar de la integridad del primero. De más está decir que muchas veces perjudica en mayor grado la duda que la certeza, y que siempre es mejor el diagnóstico que la posibilidad.
Debido a una de estas situaciones de duda acerca de la cual no voy a explayarme en demasía pero que implica a un señor con un caño bastante largo y grueso y la pérdida de ciertas virginidades es que dejo estas líneas para expresar mi justo agradecimiento a quienes me acompañaron en este momento áspero.
A la Dra. Muñoz, la Euge, que me calmó bastante en el primer momento de furia.
Al Gran Nachi Pico, siquiatra y amigo que supo contener la cabeza desbordada y darme sus gualichos.
Al Dr. Peralta, el Gran Pimpe, alquimista superior del reino.
Al Dr. Dellagiustina, con quien nos une la amistad de nuestros padres.
A la inigualable Negra Romero que se cagó en todas mis dudas y temores y me metió de prepo en la lista para que se hiciera el estudio antes que fuera indicado casi.
A la Nati que me sacó la sangre un fin de semana de furia en el Hospital.
Al Dr. Herrera, defensor de las terapias alternativas en Cardiología.
A las chicas de Admisión, enfermeras y administrativas que siempre me hacen la vida más fácil.
A la Alcira por supuesto.
A los que no sabían nada y se bancaron mi mal humor de estos últimos días.
A los amigos tremendos que siempre están: Marcelo Musso, Gustavo Stilman, Damián Grimberg, Ezequiel López.
A los que se enteraron con el diario del lunes pero que estuvieron ahí: mi hermanazo el Julito Kohan, la Fer, el Toto y el Rojo. También un abrazo para el Agustín.
En resumen, a los que se alegraron porque todo salió bien y también para los que no se alegraron, parece que tengo pa un rato.
Y gracias a mi compañera que está ahí con su calma inalterable, que me banca hace ya 14 años, que me baja a tierra, que me sostiene en las buenas pero sobre todo en las peludas.
Y gracias a los pelones, Juan Naza y José. Todo esto es por ellos.

Ah, salió todo bien.

domingo, 6 de abril de 2014

HISTORIA UNIVERSAL- UNO

Yamandú Cardona, el gran semiólogo uruguayo, decía en su Monumental Obra “Lectura y comprensión. El arte de domesticar botijas” (Edición del autor, Paysandú, 1945) que el mayor mérito de un narrador es convencer al público lector u oyente acerca de la indudable veracidad de sus historias. Sostenía el pensador oriental que tal situación solamente se logra luego de horas y horas de entrenamiento, dedicación, sudor y esfuerzo. El agregado de sustancias estimulantes no agregaría mayores beneficios para el intelectual cisplatino.
La temprana muerte de Cardona a manos de la Mafia Yerbatera de Montevideo nos ha privado de conocer más profundamente su pensamiento.
Por otro lado en el controvertido libro intitulado “Neurología y creación- Las bases orgánicas del arte” (Ediciones Rega, Ciencia y Esoterismo; Copiapó, 2001) el neurocirujano y escultor chileno Patricio Sepúlveda construye una teoría según la cual el talento no sería totalmente innato sino que estaría sustentado por una conformación neuronal que, si bien determinada genéticamente, se vería también influenciada por el entrenamiento diario y constante. El hecho de que tales afirmaciones ya fueran conocidas hacía décadas no amilanó al galeno trasandino, que resistió con estoicismo las acusaciones de fraude, plagio y perpetración de la escultura.
Más acá en el tiempo encontramos una publicación que nos permite echar luz sobre la motivación que ha llevado al autor de estas páginas a iniciar su escritura. Se trata del artículo intitulado “La memoria como función sexual”, (Anales de la Asociación Sicostática del Centro de Santa Fe) del siquiatra rafaelino Judas Krause, en el que se plantea que la capacidad mnésica del hombre occidental es directamente proporcional a su desempeño sexual. Para Krause el hombre nacería con un número predeterminado de células germinativas, las cuales se deteriorarían con el paso del tiempo. Esto permitiría no solamente explicar el declive mental asociado a las etapas preseniles, sino también el famoso adagio que conecta la amnesia con las prácticas autoeróticas tan difundidas entre los adolescentes.
Es a la vista de tan sólidos fundamentos teóricos y ante el más que evidente declive de mis funciones intelectuales es que he decidido iniciar el relato de la Historia de mi familia tal y como la recuerdo.
No pretendo ser original. Ya lo dijo el gran escritor cordobés José Playo: no se trata de inventar nada, sino de copiar con la mayor calidad posible.
No pretendo ser fiel a los hechos. Ya lo dijo Juan Andrés Beltrán Insaurralde: La historia es un verso mal rimado.
No pretendo ser veraz. Ya lo dijo Stephan Gomilka, antropólogo polaco: la certeza es la jactancia de los hipócritas.

lunes, 3 de marzo de 2014

Ley Kramer

El 1 de marzo pasado tuvimos la suerte de asistir a una nueva Asamblea Parlamentaria, en ocasión del inicio de un nuevo período de sesiones legislativas. Digo suerte porque no tengo en este momento otra palabra que defina más adecuadamente a lo que es un triunfo de la democracia, una victoria que nos corresponde a todos como pueblo, como Nación, como comunidad. Brindemos por ello.
No me voy a poner a analizar lo que dijo la Presidenta. Ya lo han hecho cabezas más potentes que la mía, desde un lado y del otro del espectro ideológico. Algunas ideas más espectrales que otras, pero no es ese el tema del que quiero ocuparme.
No.
Hubo ausencias en la Asamblea.
Gente que no fue.
Lilita Carrió no fue porque prefirió irse de turista a los carnavales. Y bueh, por lo menos está buscando al pueblo en alguna parte. Por ahí tiene suerte y lo encuentra.
Pino Solanas no fue porque según él “no estaban dadas las condiciones” para asistir al Congreso. Además dijo que tenía miedo a las agresiones de los militantes o las chicanas de la Presidenta
A ver.
Garantías les faltaban a los militantes que arriesgaban el cuero para pasar clandestinamente las películas de Solanas durante los años de plomo. Honremos a la historia, honremos a los que pusieron el cuerpo.
Por otra parte, en un país en el cual cualquiera puede decir las barbaridades más tremendas en los medios masivos de comunicación, hay que tener los huevos de bancarse la respuesta. Juego con revancha no es pa calientes.
Y entonces llegamos al meollo de la cuestión.
Al eje.
Al centro.
Un legislador no puede no ir al Congreso. O al Concejo. O a la instancia legislativa en la que se desempeñe.
Según la Constitución Nacional el pueblo no delibera ni gobierna, sino que lo hace a través de sus representantes. Representantes que son votados en Elecciones libre y democráticas desde hace ya 30 años, con una continuidad y una limpieza que no reconocen antecedentes en los 200 años de historia del país como Nación Independiente. Representantes que cobran jugosas dietas y adicionales y que, justamente, representan a quienes los han votado.
Entonces, y a consecuencia de tal representación, estos señores y señoras no pueden traicionar a sus representados, traición que se manifiesta de dos maneras: no cumpliendo con sus tareas específicas y cambiando de partido o de lealtad en mitad de un mandato (síndrome de Solá Bullrich Moyano)
El caso particular de quien habiendo sido votado para cumplir determinada función abandona la misma para presentarse nuevamente a elecciones aspirando a otro cargo es diferente, ya que el candidato se somete nuevamente al veredicto de la voluntad popular que será quien defina la situación del mismo. Más allá de la opinión personal, la situación es diferente.
Ante esta situación, quisiera proponer que se tenga en cuenta la posibilidad de presentar un Proyecto de Ley de Responsabilidad Legislativa. Ante la imposibilidad de acceder directamente a quienes ejercen cargos en los diferentes poderes Legislativos lo hago a través de este medio, con la esperanza de que llegue a quienes puedan darle curso en el caso de que la iniciativa se considere viable.
Básicamente, los puntos a considerar en el Proyecto serían:
1)     Asistencia a sesiones: los legisladores deberían asistir al máximo posible de sesiones de las respectivas cámaras y/o concejos. Quien faltare al cumplimiento de sus deberes sufrirá el descuento proporcional al número de inasistencias en su remuneración. Quien faltare al 50 % o más de las sesiones no podrá presentarse a elecciones en el turno electoral siguiente. Obviamente, esto no incluye ausencias justificadas por cuestiones personales, adecuadamente justificadas.
2)     Presentación de Proyectos de Ley: cada legislador deberá presentar un número mínimo de Proyecto de Ley a determinar. Pero proyectos de verdad, ojo.
3)     Lealtad a los votantes: quien dejara de compartir los lineamientos de la plataforma del sector por el que haya sido elegido deberá renunciar a su cargo. No se admitirán migraciones a otros bloques partidarios (prevención del panquequismo)
De más está decir que no pretendo reconocimiento personal por esta idea.
Si a alguien se le ocurriera presentar un proyecto en esta línea, agradecería que se citara la fuente. Solamente me gustaría, por vanidad personal, que se nombrara a la ley como Ley Kramer.

Desde ya muchas gracias.

miércoles, 26 de febrero de 2014

CRONOLOGÍA

Kramer piensa.
Kramer camina observando el Atlántico y piensa.
Pronto 42. Ya. En un rato. La semana que viene.
Piensa Kramer.
Analiza.
Contextualiza.
Cronologiza.
Ya pasaron los 40. Crisis. Cambio. La crisis de los 40.
La crisis de los 40 es un cambio. O por el cambio de los 40 se produce la crisis. O por los 40 se cambia y se produce la crisis.
Piensa Kramer.
Se enrosca porque no sabe si decir enreda o enrieda y a su edad queda mal andar con dudas ortográficas.
De las otras no, parece que no. Las otras dudas son justificadas, incluso bienvenidas. Parece ser que la crisis de los 40 habilita. Y entonces los chabones cambian algo o todo.
Entonces a alguno se le da por las minas, a otro por el deporte extremo, a otro por los autos y cambian de mujer, de coche o de estilo de vida.
A Kramer no.
A Kramer la crisis de los 40 le da por el existencialismo. Se da cuenta de que es cierta la frase de Houellebecq que dice que un hombre víctima de la crisis de los 40 sólo quiere vivir, vivir un poco más; pide solamente una pequeña ampliación del plazo.
Y entonces Kramer piensa.
Y se pregunta por el final, por lo que queda y sobre todo por cuánto queda.
Entonces, cuándo se pregunta el por qué del final, Kramer descubre que la pregunta está incompleta.
A ver.
Todos alguna vez nos preguntamos por qué tiene que haber un final (filosóficamente hablando).
Kramer analogiza.
Es como el jugador que es retirado del campo a causa de su torpeza. La pregunta, el reproche siempre será por qué me sacaste, nunca por qué me pusiste.
Y entonces Kramer se da cuenta que en realidad la pregunta del final es absurda porque es absurda la probabilidad de que cada uno de nosotros sea en cuanto identidad.
A ver.
Pensemos matemáticamente.
Miles de millones de años han pasado desde que apareció la primera piedra que luego explotó porque como dice su hijo pequeño Dios no creó nada, fue el Big Bang (dice el niño). Kramer piensa en la libertad de las creencias, pero eso da para otro post.
Miles de años han pasado desde que el mono bajó del árbol.
Cientos de años han pasado desde que el hombre se organizó en grupos que se organizaron para masacrarse unos a otros.
Varias décadas han pasado desde que algunos grupos se trasladaron desde un país al otro.
Todo esto llevó a que se produjeran las conjunciones necesarias para que los padres de Kramer coincidieran en el mismo lugar la misma noche en el mismo metro cuadrado de boliche. No vamos a entrar en detalles de presentaciones y demás que no vienen al caso.
Kramer piensa.
Y se da cuenta de que no solamente son necesarias las grandes cuestiones.
Lo trascendente es necesario pero es lo minúsculo lo suficiente.
Y entonces la pregunta del final pierde valor.
Porque no solamente somos cada uno de nosotros el espermatozoide más rápido del polvo primigenio.
No señor.
Kramer piensa.
Si esa noche mamá no quería.
O le dolía la cabeza.
O tenía frío.
O estaba cabreada.
O si esa noche papá no podía.
O no quería (a veces pasa).
O alguno de los dos estiraba un ratito más la lectura.
O se tomaban otro vaso de cerveza y se quedaban dormidos.
O si mamá estornudaba en el momento crucial a la mierda, caía un hermanito que no eras vos.
A Kramer lo intrigan las matemáticas. No lo desenfocan como le pasa con las complicaciones mecánicas. A las matemáticas con esfuerzo y paciencia podría desentrañarlas. A la mecánica no. Sobre todo a la del automotor.
Entonces piensa.
Piensa Kramer.
Y se da cuenta de que ponerse a calcular la probabilidad de que cada uno de nosotros sea es absurdo.
No existe.
Estadísticamente es casi imposible que cada uno de nosotros sea en cuanto identidad.
Es decir.
La posibilidad de que surja un ser humano de un polvo fecundante está estudiada y determinada. Ahora, la probabilidad de que ese ser humano sea cada uno de nosotros es imposible incluso de imaginar.
Kramer piensa.

Y saluda.

lunes, 27 de enero de 2014

Modelo para armar

Kramer piensa.
Kramer mira esa lucecita roja que titila en el tablero del Furibundo Vicente, su vehículo, y piensa.
Kramer mira la lucecita roja y se acuerda de Rivas, su compañera, maldiciendo al creador de todos los sistemas de desagote del mundo mientras observa impotente el caño estallado de la pileta de la cocina.
Kramer mira el tablero y piensa.
Kramer piensa en las diferentes partes que componen un todo y se da cuenta.
No se trata de una epifanía ni de una revelación mística ni nada de eso.
Kramer simplemente se da cuenta de que el gran problema de la civilización actual comenzó cuando se inventó el primer elemento compuesto por dos partes. A partir de ese momento todo se complejizó hacia el infinito. De ahí a la aparición del hiperespecialista todo siguió un curso bastante lógico.
Kramer piensa. Y se le aparece la imagen del primer hombre esgrimiendo un garrote, un simple y prosaico trozo de rama lo suficientemente grueso como para intimidar al rival de turno que deberá recurrir al hacha, la cual ya requería un segundo componente, el elemento cortante elaborado en base a piedra. Como vemos, esto ya implicaba una serie de complicaciones como obtener un material resistente y durable, afilarlo y fijarlo al soporte vegetal (palo)
Kramer piensa.
Analiza.
Analogiza. Y en tren de analogizar descubre que la misma complejización se dio con relación a la vestimenta.
El poncho primigenio, burda piel con un agujero para pasar la cabeza y cubrir del frío que sin duda fue una necesidad anterior a la marcada por el pudor, pronto dejaría paso a la diferenciación de múltiples prendas, para llegar luego al absurdo de la existencia de los llamados accesorios. Antes era mucho más sencillo. Cuando la prenda se rompía se sacrificaba una nueva bestia y listo.
Kramer piensa.
Mientras mira otra vez el tablero descubre que el transporte también era más sencillo. Si el burro se moría, pues a conseguir otro.
En estas disquisiciones se encuentra Kramer cuando llega al punto crucial, a la clave, al meollo de la cuestión.
El primer hombre, el que por primera vez anduvo en dos patas, alguna vez sintió el llamado del vientre y lo respondió allí donde se encontraba luego de lo cual reinició su camino. El que pisó lo ajeno hizo un pozo y tapó lo producido para evitar nuevos accidentes. Una vez asentados, comenzó el desarrollo de instalaciones adecuadas para disponer de tales elementos sin molestar a los demás seres humanos, lo que terminaría mucho tiempo después con el caño reventado frente a la mirada desolada de Rivas.

Kramer piensa y descubre que finalmente la causa de su tribulación es, simplemente, el carácter gregario de su especie.

domingo, 5 de enero de 2014

Beltrán

Es un lugar común el hecho de que Ciudad Insaurralde no produce nada fuera del campo industrial, comercial o agropecuario. No sólo es frecuente tal afirmación sino que es absolutamente injusta. Tal vez la omnipresencia mediática de Viviana Mastrosimone, poetisa de dudosa índole y compradora compulsiva de distinciones artísticas, sea un argumento a favor de quienes sostienen ese concepto.
Los defensores de esa teoría no hacen más que relegar al olvido a figuras como el gran goleador del fútbol oriental Juan Carlos Arzuaga o Fermín Lencinas, ganador de la mayor distinción literaria de República Dominicana.
Es tiempo ya de terminar con ese mito, es hora de reivindicar a aquellos que intentaron construir un acervo cultural y científico digno de quienes hicieron de la Ciudad lo que hoy es. Es tiempo de rescatar la memoria de Juan Andrés Beltrán Insaurralde.
Juan Andrés Beltrán Insaurralde era el heredero de una casta de hombres sensibles pero duros, de gente severa en el trato y en las costumbres. Son legendarias ya las peregrinaciones del padre de nuestro héroe en busca de la fuente de la eterna juventud. Algunos dicen que la encontró, pero eso nunca fue demostrado del todo.
Otro hecho legendario se refiere al origen del apellido de Juan Andrés. Ninguna relación unió jamás a su familia con la del fundador de la ciudad, Juan Bautista Insaurralde. Cuentan los más viejos que durante los Años Felices llegaron a la Ciudad dos familias, los Beltrán Fornasari y los Beltrán a secas. Ante las frecuentes confusiones los abuelos de Juan Andrés optaron por aclarar que ellos eran los Beltrán de la calle Insaurralde. El tiempo y la costumbre acortarían las explicaciones, y el primer Juan Beltrán pasaría rápidamente a ser Don Juan Beltrán Insaurralde.
Era Juan Andrés Beltrán Insaurralde, antes que nada, un gran preguntador. Antes que investigador, antes que ingeniero, antes que escritor era un tremendo preguntador. Solía decir que había llegado tarde a la Edad Media, que fue según él el momento ideal ya que nada o casi nada se sabía, por lo que todas las grandes preguntas estaban naciendo. De todos modos él se daba maña para encontrar nuevos interrogantes en la era neopostmoderna que le había tocado en suerte transitar. Fueron célebres sus ensayos “De las causas que determinan la paradoja adherencial del teflón”, en el cual Beltrán trata de saber por qué si nada se pega al teflón entonces cómo se logra que este elemento se adhiera a la superficie de la sartén y “De la dualidad entre lo natural y lo artificial- De jugos y detergentes”. En este último esquicio, Beltrán investiga por qué los refrescos contienen esencia de frutas y los limpiadores incluyen jugos naturales de cítricos diversos.
Fue esta sobrenatural curiosidad la que lo llevaría a intentar demostrar que la navegabilidad de las corrientes de agua estaba determinada por una conjunción de inteligencia y maña y no solamente por la profundidad o la bravura de los ríos. Tal conjetura surgió en su mente cierta tarde veraniega en la que observaba a sus sobrinos disfrutar de la frescura del natatorio del Centro Recreativo y Cultural San Genaro Virgen y Mártir. Los párvulos utilizaban para desplazarse por el espejo artificial un dispositivo consistente en un cilindro de espuma de polietileno de celdas cerradas conteniendo aire estanco, lo que permite la flotación en el agua. Ni lerdo ni perezoso Beltrán interrogó a los niños acerca del origen de tales implementos, respondiendo los mismos que habían sido adquiridos en una juguetería local, y que respondían al vulgar nombre de Flota Flota.
Dejando de lado el desprecio que siempre le había producido la simpleza patronímica de ciertos industriales Juan Andrés Beltrán Insaurralde se dedicó a elaborar lo que sería su proyecto definitivo.
Comenzó calculando, basándose en las características físico químicas del producto en cuestión así como en sus conocimientos de náutica, cuál sería la superficie óptima que debería tener una embarcación rústica confeccionada con tan avanzados troncos. Definida la cantidad de cilindros necesarios nuestro hombre se abocó a la tarea de descubrir cuál era la manera ideal de unirlos entre sí para asegurar una adecuada flotabilidad y resistencia. Llegó a la conclusión de que el adhesivo en aerosol 90 de 3M con aplicador en spray era el elemento ideal.
Una vez lista la balsa era menester determinar en qué momento iba a ser presentada en sociedad. La ocasión no se hizo esperar. El desafío del Xanaes de 2014, competencia en la cual una serie de embarcaciones surcarían el río del mismo nombre en dirección norte hacia la Laguna de Mar Chiquita sería sin lugar a dudas la ocasión propicia. Así que allá partió nuestro bravo nauta, a demostrar que la porfía y la inteligencia todo lo pueden.
El resultado por todos conocido fue casi óptimo. La balsa resistió todo el trayecto fluvial, teniendo que lamentar solamente la grave quemadura que afectó a Beltrán Insaurralde en su magramente poblado cuero cabelludo. Una vez más, las previsiones técnicas habían superado notablemente al sentido común. Juan Andrés no llegó a escuchar el consejo de su abuela Virtudes acerca de la conveniencia de portar un sombrero.
Fue durante la convalecencia forzada que siguió a aquella primera travesía que surgió la nueva obsesión de Beltrán, la que sería la definitiva: unir con su balsa la ciudad argentina de Goya con el balneario uruguayo de Punta del Este. Lo que los escépticos definirían como locura y los militantes seriales como snobismo se transformaría para Juan en la razón de su vida, en el Monte del Destino de su existencia.
Rediseñó la embarcación con parámetros acordes a la exigencia que supondría la navegación del Río Paraná. El mayor costo de los materiales necesarios hizo necesarios los aportes de numerosos contribuyentes voluntarios, entre ellos los amigos de Shorton carnes y Vinos, El Tacho de Compost Vegetalería Natural y Grasso Hermanos Servicios Fúnebres LA casa del Último Descanso. Este último apoyo sería premonitorio según la interpretación de los integrantes más fundamentalistas de la Sociedad Insaurraldense de Estudios Paranormales (SIEPa) La embarcación ya ensamblada y convenientemente bautizada como Marilú, los efectos personales de Beltrán y nuestro bravo navegante fueron trasladados desde Ciudad Insaurralde hasta Goya  gracias a los amigos de Carballo y Veronesi que facilitaron un vehículo del porte suficiente para tal travesía.
La botadura de la Marilú no presentó inconveniente alguno. Tampoco hubo sobresaltos durante los primeros dos días de navegación. La balsa se mostraba dócil obediente a los mandos de Beltrán que ya parecía Thor Heyerdahl a bordo de la Kon Tiki. La cercanía de las costas hacía redundante la utilización de dispositivos de posicionamiento global. Además éstos podían interferir con el espíritu de la prueba, al decir de Juan Andrés.
Juan Andrés Beltrán Insaurralde fue visto por última vez surcando el Río Paraná a la altura del puente Rosario Victoria, una noche de enero de la segunda década del nuevo siglo. Nunca llegó al punto de control de San Nicolás. Escasos restos de espuma de polietileno de celdas cerradas fueron hallados en las costas de San Pedro, cerca de la Histórica vuelta de Obligado, lo que fue interpretado por muchos como un símbolo del espíritu libertario de Beltrán. Algunos incluso retienen esas reliquias con un fervor cercano a la mística.
Los escépticos dicen que el pegamento no resistió el efecto corrosivo de las aguas altamente contaminadas cercanas al Puerto de Rosario.
Los fundamentalistas del SIEPa dicen que Beltrán fue abducido por extraterrestres. Los registros de actividad paranormal del CREP (Centro Rosarino de Estudios Parapsicológicos) así lo corroborarían.
Los militantes seriales dicen que el padre río se vengó de la temeridad de nuestro héroe en la forma de un cardumen de salvajes palometas. La ausencia de un cuerpo identificable  abona sus suposiciones.
Los malpensados de siempre dicen, por su parte, que Beltrán habría inventado toda la historia para fugarse con una antigua novia, con quien explota un puesto de carnada a la vera de la Autopista Rosario Buenos Aires.
Lo cierto es que ninguna teoría ha podido ser demostrada o refutada de manera contundente.
Cuentan los isleños que al fondo de un monte en la costa entrerriana vive un gringo raro, con una espantosa cicatriz como de quemadura en la cabeza, que mira con nostalgia al río.
Nada dice.

Nada. 

martes, 24 de diciembre de 2013

RENCOR

UNO

CONTEXTO
Fue para la época de las quemazones, en el año aquel en el que se rompió lo que creíamos que podía ser para siempre. Tal vez la referencia cronológica no le aporte mucho sentido al relato, pero para mí es fundamental.
Por el fuego, por la quema de los pastizales. Por el año en el que dejé de creer en tantas cosas. Porque sólo situándome puedo relatar, puedo reproducir la historia que aquel viejo me contó una tarde áspera de agosto de 2013, una tarde de santa rosa.

RIBODINO
Esa tarde había salido, como siempre, al parque del Hospital a fumarme un cigarro. Lo de parque es una concesión que no hace justicia al yuyal abandonado en que se había convertido la parte de atrás del citado nosocomio, por el que pululaban toda clase de alimañas salvajes y domésticas. Algunas leyendas referían incluso la existencia de cadáveres nunca reclamados. Se explicaba la ausencia de olores nauseabundos por las propiedades momificantes de la sal de la laguna, arrastrada por los feroces vientos del norte que últimamente azotaban la región. Nunca se aclaró del todo el tema.
Esa tarde, entonces, eligió el viejo Ribodino para acercarse y manguear un pucho.
Ribodino había sido muy amigo de mi viejo. Decía que había sido él, el Doctor Kramer, el que lo había hecho nacer de nuevo. Cuando lo nombraba se le notaban las mayúsculas. Después de la muerte de mi padre el viejo se había encariñado conmigo, quién sabe por qué concepto de lealtad entre pecador y redentor.
Pero me estoy yendo del fondo, del meollo de la historia.
Fue para la época de las quemazones, decía.
Una tarde áspera de santa rosa.
El viejo Ribodino se me arrimó, me pidió un cigarro y me dijo
-Una tarde como esta puede ser fatal.-
-Ajá-
-Sí. No hay más que recordar lo que le pasó a Mastronardi una tarde como ésta.
-¿A quién?-
-A Mastronardi, ¿no te la contó tu viejo a la historia?
-¿El cabo Enfermero Juan Antonio Mastronardi? Hubiera jurado que era un mito urbano, uno de los personajes legendarios que se inventaba mi viejo.
-No pibe.- Ribodino insistía con llamarme así cerca de mis cuarenta.-Mastronardi existió y me contó lo que me contó parado casi donde estás vos ahora. Escuchá.

MASTRONARDI
El cabo enfermero Juan Antonio Mastronardi había nacido a la orilla de la Laguna, nunca se supo muy bien el lugar específico. El se definía como Lagunero. Así incluso llenaba los papeles burocráticos. Lugar de Nacimiento: A la orilla de la laguna. Si alguna vez tuvo un documento nadie lo vio. Por los tiempos de Illia consiguió entrar a la Policía, casi como una manera de tener un laburo fijo. Una vez ahí lo mandaron al Churruca en Buenos Aires, el hospital policial. De ahí le apareció la vocación por la enfermería. Él decía que era la primera vez que elegía algo.
En el Churruca la conoció a la Vasca, jefa de mucamas de extraña belleza como a él le gustaba decir. La persiguió durante dos años, hasta que la amansó. Dicen que el problema era el padre de la Vasca, un tal Fermín Asconzábal Ibarreta, que no lo quería a Mastronardi porque era negro y enfermero. Eso es laburo de minas y de putos decía. Más de una vez se lo dijo al Negro de frente y de mala manera, cuando la iba a buscar a la Vasca para salir.
Se lo remarcó el día que se fueron a vivir juntos, y al nacer cada uno de los tres hijos que tuvieron. Sobre todo cuando nació el más chico, el preferido del Negro por morocho y peronista decía. Las nenas eran rubias y bellas a la manera de la madre.
Salió a vos le dijo el viejo. Esperemos que no salga también puto y policía. Eso lo dijo mientras recibía el café que le servía la Vasca, como siempre, negro y con dos de azúcar.

RIBODINO
-Che, ¿en serio que tu viejo nunca te contó la historia?
-Sí, algo me contó. En realidad me contaba como anécdotas.
-Cuando se sentaba para contar, ¿te acordás?
-Cómo no me voy a acordar

EL DOCTOR KRAMER
-A veces me agarra que me quiero acordar de mi viejo pero no como médico. Es más, a veces me quiero acordar de él pero no como padre. A veces me agarra que me quiero acordar de mi viejo contando historias. Ni siquiera quiero acordarme de las historias que contaba sino cómo se ponía para contarlas. ¿Se acuerda Ribodino?
-Lo estoy viendo…
-Sentado en el silloncito de caño y madera
-¿Todavía lo tenés?
-Por supuesto.
-…
-Y entonces mi viejo se sentaba todo cruzado. Cruzaba las piernas y cruzaba los brazos con las manos para atrás y empezaba a contar. Era impresionante la capacidad de detalle que tenía…
-Y cuando se ponía medio en pedo…
-Sublime. Y se embalaba y sacaba primero una mano, la derecha y la agitaba por encima de la cabeza…
-¿Nunca se peinó?
-Nunca. Y después sacaba la otra mano y seguía y seguía hasta que señalaba con el índice derecho, y ahí los que los conocíamos sabíamos que se venía el remate…
-El decía que no era mentiroso.
-Los entrerrianos no mentimos decía, exageramos… Por eso se hacía difícil creerle, y por eso no le dábamos bola a las historias de Mastronardi.
-¿Qué te contaba?
-La de la regaderita por ejemplo. Ahí se ponía un poco más serio.

MASTRONARDI
Con el tiempo y los contactos Mastronardi había conseguido el traslado a Santa Fe primero, y después a Ciudad Insaurralde. Cuando llegaron el negrito ya tenía seis o siete años. Era la debilidad de Juan Antonio.
Igualito a él era. Morochón, el pelo duro. Caminaba igual. Cuando le preguntaban de dónde era decía De la orilla de la Laguna pues, como mi papá.
Asconzábal no dejaba un día de pasar a verlo, siempre en horarios laborales. Trataba de no cruzarse con El lumpen ese.
Recién llegados el viejo le regaló la bici.
La de cross a los ocho.
La moto a los doce.
Mastronardi sufría porque sentía que se le escapaba, que su hijo dejaba de a poco de ser su hijo. Se le hacía muy difícil competir con el suegro. El otro tenía toda la plata. La Vasca se le había escapado en la adolescencia para Buenos Aires y por eso el Negro la había encontrado como la había encontrado.
Esa primera y única rebeldía era la explicación para la falta de respuesta de la mujer frente a los desmanes de su padre.
Así que el Negro entró a buscar la moneda por dónde fuera, y así enganchó en la Fábrica Militar para el 75, 76. Entró como enfermero de guardia en una especie de dispensario que tenían los milicos.
Entraba a laburar a las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Parece que al principio todo era bastante legal, aunque en negro. Así que nadie sabía nada. Solamente la Vasca.
Después fue peor. Lo que se inició oculto se hizo clandestino. El Negro vio pasar a mucha gente que salía de civil en autos sin chapa y volvían a cualquier hora. Veía bajar gente encapuchada. Veía armas largas. Escuchaba gritos, puteadas, golpes. Más de una vez lo llamaban para limpiar. Nunca preguntó nada. Hasta el día de la regaderita.

RIBODINO
-No fue Mastronardi. Él no podía inventar la regaderita.
-Mi viejo tenía la misma duda.
-No es una duda.
-…
-Primero: solamente un gran hijo de puta hubiera sido capaz de inventar una cosa así. Mastronardi podía ser rústico y simple hasta la bruteza, pero no era un hijo de puta.
-Ponele.
-Segundo, el que dijo que la regaderita había sido un invento del Negro fue Soria. Yo elijo creerle a Mastronardi. Pero esto es una cuestión de valoración decía tu viejo.
-Sí, así decía.
-Tercero, cuando el Negro quiso contar lo que pasaba lo amenazaron con boletearlo y por eso se tuvo que ir a Mendoza.
-¿No se había ido a Chile?
-No, justo fue lo del Sur y no pudo cruzar, pero estuvo escondido cerca de San Rafael. Bittar le dio una mano.
-¿Mi amigo?
-El abuelo.
-…
-Y cuarto y último, pibe. El mismo Mastronardi me contó que fue un accidente, y que a Soria se le ocurrió usarlo para lo que lo usaron después.

LA REGADERITA
Una de esas noches.
Habían traído uno que parecía que era importante, y se les había ido la mano con las trompadas. Parece que lo necesitaban vivo para mandarlo a Córdoba, pero el médico les dijo que eran todos unos pelotudos primitivos y descontrolados (Así lo contó Mastronardi). Que no lo habían boleteado de pedo. Que le tenían que poner un suero a ver si zafaba. Ahí fue que lo llamaron al Negro, que era el único que sabía como hacerlo. Cuando le pidieron al médico que lo hiciera él los miró con asco y ni siquiera contestó.
Así que allá fue el Juan.
Tan nervioso estaba que se le zafó el cañito de la aguja, y empezó a brotar un chorro de sangre que le dio justo en la cara al tipo éste. La cuestión es que el fulano se pegó tal cagazo al ver la sangre que se despabiló ahí nomás y empezó a cantar que parecía Horacio Guarany. Soria fue el primero que se avivó, así que frenó el chorro. Cuando el tipo aflojaba, el otro soltaba el dedo.
Así nació la regaderita. No fue Mastronardi.

RIBODINO
-Tiempo puto, ¿no pibe?
-Dicen que va a llover la semana que viene…
-Sí, a ver si le aciertan…
-Y bueno, si el clima no le da bola al pronóstico…
-Lo que pasa es que este clima te trastorna, te saca de las casillas. Mirá si no lo que le pasó a Mastronardi una tarde como esta.
-No sé, pero parece que viene larga la historia.
-Viste como es, uno quiere contar un cuento y termina con una nouvelle.

EL EXILIO
Cuando Mastronardi vio lo que pasaba se lo quiso contar a alguien, pero nadie lo escuchó así que se fue a lo del suegro, que tenía conexiones. Le contó. Con detalles.
A la semana una patota de la Fábrica le pateó la puerta de la casa. Le hicieron mierda todo. Le llevaron los pocos libros que tenía. Le pintaron las paredes. Se salvó porque se habían ido a visitar a una tía que vivía para el lado de Colón, en Entre Ríos.
Cuando volvieron el Negro se cagó todo.
Se armó un bolsito, lo llamó a Bittar y se rajó para San Rafael. La familia se quedó en Ciudad Insaurralde. No daba para que se fueran todos al principio, así que se quedaron en la casa de los Asconzábal Ibarreta. La sonrisa del viejo le dolió a Mastronardi más que la picana que nunca llegó a recibir.
Estuvo como diez años allá, escondido, laburando en un dispensario en el medio de la Cordillera. De vez en cuando la Vasca y los pibes iban a Mendoza, y se encontraban clandestinos. Más no se podía. No había banca para irse del país.
Cuando el negrito cumplió los doce ya no fue más. En ese cumpleaños el viejo le había regalado la primera moto. Después vendría otra, y finalmente la del accidente.


DOS

MASTRONARDI
Mastronardi toca el timbre antes de probar con la cerradura.
No sabemos si es un acto reflejo o si lo hace para regodearse porque conoce la imposibilidad de que alguien responda al llamado.
Después sí abre con la llave de la Vasca, la única que siempre tuvo. Nunca se quiso hacer una copia, incluso cuando ella todavía vivía con él. Desconoce si el manojo funciona como un talismán.
O como un recuerdo.
No le importa. Nada de eso le importa esta mañana de domingo de agosto, una mañana áspera de santa rosa.
Abre la puerta y explora con la mirada el comedor del departamento. Un hábito que le quedara de su tiempo de enfermero pero sobre todo un acto de defensa  de su época de fugitivo. Necesita comprobar la ausencia de amenazas.
Es domingo. Es el día de descanso de Elba, la enfermera, así que tiene todo el tiempo del mundo. Cruza el comedor pequeño, prende la tele, pone la carrera. La primera del día, la repetición de la Fórmula Uno que corrió de madrugada en oriente. Después vendrá el turismo nacional, el TC pista y finalmente el TC. Para la tarde el resumen del Rally. Siempre es así.
Recién ahora toma conciencia del ruido de los aparatos, el silbido ronco e intermitente del respirador. El sonido muelle que el viejo escucha todo el tiempo, desde el día del accidente. El sonido muelle que se escucha en el departamento desde que el viejo se hartó de la Terapia Intensiva del Hospital Insaurralde y pidió que se lo llevara a su casa para morirse ahí.
Cuántos años ya solamente el viejo y el Negro lo saben.
La vasca ya no está, el negrito tampoco.
A las gringuitas nunca les interesó.
Solamente Mastronardi y Asconzábal.
Y Elba, pero hoy está de franco.

EL PARQUE
Nunca fui bueno contando cuentos le dice Mastronardi a Ribodino en el parque del Hospital Insaurralde. Pero la historia que conté ese día no necesitaba grandes firuletes. El viejo y yo la conocíamos.
Yo no la sé dice Ribodino. Por lo menos en los detalles. Lo grueso lo conoce todo el mundo. El accidente, el negrito…
Te voy a contar lo que le conté al viejo esa tarde. Una tarde áspera de santa rosa dice Mastronardi.


LA HISTORIA
-Sabe qué día es hoy Asconzábal… Santa Rosa.- Mastronardi no lo mira pero sabe que el viejo se estremece. La mirada siempre dura se vuelve feroz. No hay piedad. No hay olvido.
El monólogo de Mastronardi es implacable, monótono. No quiere informar. Quiere golpear, herir.
El otro ya conoce la historia.
-Cinco años ya. Cinco. El negrito estaba feliz, hasta me había llamado para contarme de la moto nueva que le había regalado su abuelo por los dieciocho. Tres años hacía que no me hablaba, pero ese día me llamó. Lo saludé por el cumpleaños y ahí nomás me largo la novedad. La moto. La grande, la que él quería hacía tanto tiempo. Regalo suyo, Asconzábal. El negrito me dijo que la iban a probar en la ruta, usted en la suya y el en la nueva, que se iban a ir a Santa Fe. Que si todo salía bien capaz que se animaba y se iba para San Rafael.
Mastronardi hace un silencio. Trae el balde. Abre la válvula que deja escapar el pis de la bolsa.
-Si todo salía bien.
Ahora desengancha el sachet de la alimentación, le limpia el caño que conecta el estómago del viejo con el exterior. Coloca un recipiente nuevo.
-Pero todo salió mal. Por si no se acuerda, Asconzábal. Setentaicinco kilómetros hay desde ese cruce hasta Ciudad Insaurralde, cuarenta hasta Rafaela. El camionero no se enteró nunca. Usted sobrevivió.
Mastronardi reacomoda el respaldo de la cama ortopédica. Acomoda la cabeza del viejo de frente al televisor. Aparecen las primeras imágenes del Rally.
-Para cuando llegamos de Mendoza no había nada que hacer. El negrito frío en la heladera del Hospital, usted postrado de por vida. El papel pidiendo que lo traigan a su casa ya firmado por su apoderado.
Mastronardi desengancha el tubo que conecta el suero al antebrazo del viejo. Juguetea con la sangre que brota de la aguja.
-Poco aguantó la gringa. Me dejó una carta pidiéndome perdón y se las tomó. Se fue a vivir a Chile con las gringuitas, a Valdivia. De vez en cuando me escriben las mocosas. No la nombran, de ella no supe más nada. Así que así nos quedamos solos los dos, como viudos de quién sabe qué…
Mastronardi limpia la cánula de la traqueostomía, le aspira los mocos.
Se levanta.
Sale para la cocina.
Vuelve con la cafetera.
Desconecta el tubo del respirador.
Calza el embudo.
Sirve el café.
Le agrega dos cucharadas de azúcar.

FINAL CAJA NEGRA
-¿Y después?- La pregunta sale sola, Ribodino se ha quedado callado.
-¿Después qué?-
Me pide un cigarro.

Se lo doy.