martes, 2 de abril de 2013

BUSCAR


Dicen que no saben
Por dónde se fue
Dicen que no saben
Por dónde andará
Dicen que la buscan
En la oscuridad
Que su nombre gritan
Y que responderá.
Dicen que su hija
Ya crecida está
Y que igualita
A ella será
Y que también busca
Como las demás
Porque son mujeres
Que mirando van
Por esos caminos.

Dicen los malvados
Por algo será
Como ya dijeron
Algún tiempo atrás
Que se la llevaron
Por algo será
O que se fue sola
Dicen por detrás
Los mismos cagones
Que escondidos van
Porque no se animan
De frente a mirar
A esas mujeres
Que mirando van
Por esos caminos.

miércoles, 27 de febrero de 2013

El Monstruo Juan Burgueño


Buenos días.
Buenas tardes.
Buenas noches.
Te toca a ti amable lector elegir el saludo que mejor se acomoda a la hora en que comiences a conocer la historia que te voy a contar, la historia de Maese Pipistrilo diestro en la palabra y de Maese Papastrufo ducho en los colores, de por qué se enfrentaron con el monstruo Juan Burgueño, el terror de las salchichas, de cómo se dieron los hechos y del final que tales héroes tuvieron.
Historia que yo, el gran Kramerius, maestro en el arte de la narración tendré el placer de compartir contigo, y que comienza de la siguiente manera.
Se inicia el cuento a esa hora en la que los niños deben estar ya durmiendo, descansando a la espera de que un nuevo día de duro aprendizaje en la escuela. Maese Papastrufo ducho en los colores creyó escuchar en las cocinas del castillo voces, pasos y gruñidos. Inmediatamente procedió a despertar a Maese Pipistrilo diestro en las palabras al grito de ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡HAY UN MONSTRUO EN LA COCINA!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! a lo que su compañero respondió DHAKJHIUBWNUJNJUWBXÑUWDA¨_NX.
Maese Papastrufo ducho en los colores se dio cuenta de que las palabras no serían suficientes para despabilar a su hermano, por lo que resolvió sacudirlo. Nada. Sacarle las sábanas de encima. Nada. Pegarle un soplamocos en la cabeza. Nada. Tirarle del pelo. Nada. Maese Papastrufo ducho en los colores pensó que debía ser un poco más drástico, por lo que tomó por la cola al famoso Michi, mascota y escudero de tan célebres caballeros, y lo arrojó a la cabeza de Maese Pipistrilo quien, como diestro que era con las palabras, se levantó al grito de TE VOY A REVENTAR NO TE VA A SALVAR NI HARRY POTTER.
Mucho le costó a Maese Papastrufo ducho en los colores calmar a Maese Pipistrilo diestro en las palabras, pero finalmente lo logró.
-Hay un monstruo en la cocina.
-No te creo.- Respondió Maese Pipistrilo.
-En serio te digo.
-No te creo.
-Vamos a ver.
-Noooooooooooooooooooooo.
-Daleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee.
-Tengo sueño.
-Dale cagón.
Pocas cosas molestaban más a Maese Pipistrilo diestro en las palabras que lo tildaran de cobarde, así que calzó sus pantuflas y acompañó a su hermano en medio de la penumbra.
Al llegar a las cocinas vieron al Monstruo Juan Burgueño sentado en el suelo, con una gigantesca fuente en sus rodillas, comiéndose las salchichas que habían sobrado de la cena.
Maese Papastrufo ducho en los colores contaría después que el Monstruo Juan Burgueño se presentó a sí mismo como el terror de las salchichas. Dijo también que el tal sujeto medía como tres metros, tenía la cabeza ovalada cubierta de pelo verde, una gigantesca nariz llena de mocos, una camiseta amarilla, unos pies enormes y muy malolientes y una cola como de mono que llegaba hasta la puerta del castillo. Dijo además que tenía aliento a puma y que comía con la boca abierta.
Maese Pipistrilo contó que no se asustaron ni un poquito con el Monstruo Juan Burgueño, y que le dijeron MONSTRUO FEO Y APESTOSO RAJÁ DE ACÁ, y que le tiraron del pelo y le hicieron un nudo en la cola y que le pegaron cincuenta patadas en el culo cada uno.
Por último dijeron los hermanos que, al intentar huir, el monstruo Juan Burgueño había roto la fuente de cristal preferida de la reina Saturnina de Severa Apariencia y Corazón Justo, a la sazón madre de nuestros héroes.
Cuenta la leyenda que la Reina Saturnina de Severa Apariencia y Corazón Justo no creyó la versión de Maese Pipistrilo diestro en las palabras y de Maese Papastrufo ducho en los colores, por lo que fueron condenados a lavar los platos del castillo durante una semana entera, los siete días completos.
Y a la noche también.

miércoles, 16 de enero de 2013

El mundo es


El mundo es
Entre los brazos
Dice él.
No hay nada más
Dice ella.
Hay
Pero no importa
Dice él.
Pero duele
Dice ella.
Sí
Dice él.
El mundo es
Entre los brazos
Dice
Ella.
El mundo
Los brazos
Y el resto
Dice él.
El mundo es
Entre los brazos
Dice el niño
En sus brazos.
El mundo.
Y el resto.

viernes, 2 de noviembre de 2012

PREGUNTAS


¿Qué hace que una generación sea diferente de las anteriores?
¿Somos muy distintos a nuestros padres y a nuestros hijos?
No hay muchas dudas de que sí. Somos muy diferentes. Ni mejores ni peores. De otra manera. Con otros modos. Con otras preguntas que exigen otro tipo de respuestas.
Cada uno de nosotros es pollo del huevo de su tiempo.
Para nosotros, señores cuarentones, ya la cigüeña era un pájaro feo que poco tenía que ver con la reproducción. El repollo era algo que nuestras madres intentaban infructuosamente hacernos comer. Por suerte el concepto de mujer maceta empezaba a perder vigor. No quiero decir con esto que aún no haya FASTAsmas que lo sostengan, ni civilizaciones? retrógradas que lo defiendan.
No nos dispersemos. Es otro el tema.
En mi caso personal debo agradecer a mi padre médico y a mi madre docente, que me ayudaron a comprender ciertas cuestiones de una manera simple y para nada traumática en un contexto difícil. No debe haber sido fácil educar a un niño durante la (ojalá)  última dictadura.
Entonces.
Todos nos hemos hecho preguntas.
Preguntas biológicas.
Preguntas políticas.
Preguntas técnicas.
Preguntas innecesarias.
Preguntas retóricas.
Preguntas capciosas.
Preguntas permitidas.
Preguntas correctas.
Preguntas incómodas.
A mis nueve años, en 1981, no era mucho lo que se podía preguntar.
Entonces la duda llegaba a cómo se hacían los bebés.
Hoy, 2 de noviembre de 2012, comprobé que, afortunadamente, la generación que nos sigue será mucho mejor de lo que pudimos ser nosotros.
Mi hijo de nueve años me preguntó cómo hacía el papá para poner en el cuerpo de la mamá la semillita necesaria para hacer un bebé.
Traté de explicárselo de una manera sencilla, limitado por el hecho de que iba manejando en hora pico por el centro de mi ciudad, la entrañable San Francisco.
De más está decir que el pibe conoce casi todo el hardware necesario, con términos bastante lejanos a pirulito, chochita, cuchufleta y otras pavadas similares.
Hasta ahora, nada sorprendente.
Tampoco sorprendió su manifestación de desagrado al conocer los detalles del intercambio bastante suavizados por el padre de la criatura, es decir yo.
Lo increíble, lo genial, lo movilizador vino después.
Después de este diálogo que lejos de ser original viene repitiéndose de generación en generación desde tiempos tal vez inmemoriales, tal vez desde cuando bajamos del árbol, mi hijo hizo la pregunta que señala feroz, certera y felizmente el cambio de paradigma.
Después de este diálogo mi hijo de nueve años me hizo, con total naturalidad, una pregunta que  demuestra que los que vienen serán sin lugar a dudas superiores a nosotros.
Después de este diálogo mi hijo de nueve años me hizo la pregunta que demuestra que por más que traten de contenerlos no lo lograrán y que serán ellos, estos pibes, los que harán algo mejor.
Con toda la naturalidad del mundo mi hijo de nueve años me preguntó cómo hacen para tener hijos (textuales palabras) las parejas gay.
Buen provecho.

jueves, 11 de octubre de 2012

PIEDRAS AL TECHO


UNO
Prólogo
¿Cómo contar una historia?
O mejor, ¿cómo situar una historia dentro de un género?
El autor o el relator siempre es, necesariamente, tramposo.
Él conoce por dónde va la trama, los personajes, los giros.
Él sabe, forzosamente, lo que va a pasar.
Indudablemente, la forma de contar la historia va condicionada por el argumento en sí, por la verosimilitud del mismo, por la relación espaciotemporal que se da entre los hechos y el narrador.
Cómo contar entonces una historia que tiene su anclaje en un pasado más o menos remoto, cuyo nudo podría estar transcurriendo en este tiempo pero que se va a resolver en un futuro más o menos próximo.
Cómo lograr también que ese relato, pretendida obra más o menos artística, no pierda vigencia una vez que se igualen los tiempos.
Porque la historia que yo les quiero contar tiene esas características.
Está pasando.
Está teniendo lugar en una de sus etapas.
Ya empezó, las causas y los desencadenantes de la historia ya han marcado su influencia.
Las circunstancias que desencadenarán o no el drama final se encuentran en plena etapa de maduración.
El desenlace espera, inexorable pero no determinado.
¿Es ciencia ficción?
¿Es anticipación?
¿Es ucronía?
La ucronía nos cuenta algo que habría pasado si la historia hubiera seguido la otra  rama de la encrucijada. Entonces uno se da cuenta de que todo cuento que se cuenta es una ucronía ya que se relata algo extraordinario, algo que sale de lo común, algo que no sigue el hilo narrativo habitual. Siempre que contamos algo partimos de una premisa, el “Qué pasaría/ Qué hubiera pasado si”…
Tal vez esta introducción sirva para algo o no, no me toca a mí decirlo.
Tal vez sea solamente un justificativo para contar una historia que ya empezó, que está pasando pero que se va a definir en un punto allá adelante.
Tal vez se defina de la manera en la que será contada.
O tal vez no.

DOS
La memoria es un lugar extraño.
Los recuerdos suelen aparecer de las maneras más raras, en los momentos más inoportunos. Son piedrazos que caen sobre el techo de chapa del silencio. Dicen algunos que en el momento final, justo antes de morir, la memoria se disgrega, se desintegra y los recuerdos se vuelven simultáneos, se juntan y se mezclan en un solo flashback monumental.
No lo sé, todavía no me he muerto como para tener una referencia de primera mano.
De qué nos acordamos.
Por qué recordamos lo que recordamos.
¿Recordamos solamente cosas que nos han pasado a nosotros?
¿Recordamos recuerdos de otros?
¿Se hereda la memoria como se hereda el color de pelo o de ojos o la forma la cara?
No hablo de mandato.
No hablo de ser tercera generación de médicos, como yo.
O de futuro médico, en mi caso puntual ya que todavía no me recibí.
Pero que es como si fuera.
Mi viejo dice que a partir de tercer año ya somos colegas. Será, no me parece trascendente.
La pregunta es si se puede heredar un sabor, un aroma, una música pero no como elemento concreto sino como manera de percibirlos. La pregunta es si se puede heredar una preferencia, una predilección.
La pregunta es si se puede heredar una repugnancia.
La pregunta es si esa herencia, de existir, es lineal o, como algunas enfermedades, puede saltarse una generación y aparecer en la que sigue.

TRES
De chiquito me gustó entrar a la cocina cuando la Tata sazonaba el guiso. Ahora que lo recuerdo aparece la imagen de los azulejos, la ventana al patio que en ese entonces no tenía rejas y el perfil de la Tata, que ya era un monumento, un tótem, uno de los pegamentos de nuestra identidad familiar.
Lo que más me gustaba de ese momento era cuando la Tata tomaba con sus manos sabias el tarro (ni el frasco ni el recipiente, el tarro) de los condimentos y espolvoreaba de amarillo la olla enorme donde flotaba la comida. El perfume que brotaba me transportaba a lugares extraños, con cerros y quebradas y colores y texturas que nunca había percibido en directo. Muchos años después sabría que eso era comino.
Más tarde, ya adolescente, tenía la misma sensación con ciertas músicas y con algunos poemas. Llorar por la suerte de Maturana nunca me pareció ajeno. Sólo con el tiempo comprendería lo ilógico de la situación. Lo extraño de esa nostalgia era que había nacido y vivido toda la vida en plena pampa gringa.

CUATRO
-Che, Debenedetti, ¿Se pueden heredar los recuerdos?
-Profesor Debenedetti para usted Gonzalves.
Debenedetti era el mejor genetista de Córdoba.
Debenedetti era ayudante de cátedra en Medicina Legal en la Facultad e Medicina en Córdoba.
Debenedetti era amigo de mi viejo de toda la vida. Debo aclarar que para mi viejo “toda la vida” es un concepto bastante etéreo. Para él, el ser humano es tal “a partir de que puede pagarse los forros por sí mismo”. La infancia es, según sus propias palabras, una etapa signada por la ternura que despierta en un grupo de adultos una serie de respuestas estereotipadas producidas por seres que aún no han desarrollado completamente su dentadura. Un tipo difícil mi viejo. Algunos dicen que heredó el sentido del humor de mi abuelo, el coronel médico Gonzalves. No me parece. El abuelo es un tipo seco, áspero y rubio.
Ese es otro tema. A mí, de chico, cuando me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, me salía siempre la misma respuesta: “Rubio y coronel como mi abuelo”
Pero no nos disgreguemos. La dispersión, en estos relatos, suele ser contraproducente.
Debenedetti tenía la mala costumbre de hacerme sentir la autoridad todo el tiempo, sobre todo cuando le hacía preguntas incómodas o ante situaciones “pajeramente poéticas”, como él decía.
Por eso su reacción no me sorprendió, aunque no supe muy bien a cuál de las dos opciones correspondía.
-No sea pelotudo Gonzalves. El recuerdo se origina por la creación de un circuito interneuronal que es único y personal de cada sujeto.
-¿Está seguro profesor?
-Seguro Gonzalves. Los cubanos ya experimentaron con eso en 1987.
-¿Me pasa el artículo para leerlo?
-Búsquelo por usted mismo, Gonzalves.-
Obviamente, el texto de cuestión era de muy difícil acceso. Pero lo conseguí. No me aclaró mucho las cosas, ya que las conclusiones del estudio científico eran confusas y enredadas.

CINCO
-Viejo, ¿yo soy adoptado?
-No.
Apenas había girado la cabeza para mirarme. En el verde césped, los muchachos del Deportivo trataban de merecerse la calificación de jugadores de fútbol con bastante poco éxito, lo cual lo ponía de pésimo humor.
Igual insistí.
-¿Seguro?
-Sí. ¿Por qué lo preguntás?
-No me cierra mi apellido con mi cara viejo. El abuelo es rubio y yo no. Tengo medio cara de originario yo.
-Sí, un indio bárbaro sos vos. El gran cacique Gonzalves del este cordobés.
-¿Por qué me gusta el comino?
-Porque es rico.
-¿Por qué me gusta el folklore?
-Porque tenés mal gusto.- Cuando quería, mi viejo era feroz.
-Viejo, ¿Se heredan los recuerdos?
De todos modos, las preguntas eran para ponerle la vida difícil al viejo. En casa había toneladas de fotos de mi vieja embarazada. La ventaja de ser hijo único es que todas las fotos son tuyas o tienen que ver con vos.
Además, mi abuela tenía una cajita que ella llamaba de la memoria, con un mechón de pelo, un diente y una tripa de porquería que ella decía que era “el pupito del bebe”. A veces, la familia es un ejercicio de paciencia y de búsqueda de paz interior.

SEIS
Ni la iconografía ni los testimonios de primera o de segunda mano habían logrado cerrar, para mí, la discusión.
Hasta Debenedetti había confirmado la teoría de mi relación biológica con el Doctor Gonzalves hijo y señora, con soporte audiovisual que incluyó filmaciones de mi madre embarazada, puérpera y durante la lactancia de un protomamífero que, por la cara parecía ser mi primera versión.
No alcanzaba.
Las fotos se pueden trucar.
Las filmaciones se pueden editar.
Quién te dice que mi vieja no podría haber perdido un embarazo avanzado y luego completar ese espacio con un pobre chino halladito. Tal vez el niño original había tenido una muerte trágica y prematura, quién sabe.
Por eso, cuando le pedí la dirección del laboratorio de Canestrari me miró no sé si con pena o con resignación.
-No me creés.
-¿Qué cosa?
-Que sos biológico.
-Qué se yo… Nada es cierto hasta que se demuestra lo contrario.
-Y tu viejo, ¿sabe?
-………
-¿No le dijiste?- Debenedetti sabía, tanto como yo, de mi incapacidad eterna para la mentira.
-No.
-Tranquilo.- completó mientras me daba el papel con los datos pedidos.

SIETE
Canestrari no salía de su asombro cuando me vio en la sala de espera.
-¿Qué hacés acá?
-Vine por el análisis…
-¿Qué análisis?
-El análisis de ADN.
-¿Para qué?
-Para saber.
-…
-¿Se heredan los recuerdos?
-Qué se yo, preguntale a Debenedetti…- Canestrari era el tercero del grupo, por lo que también conocía a mi viejo de toda la vida.
-¿Por qué me gusta el comino?
-Porque es rico…
-¿Por qué me gusta el folklore?
-Porque tenés mal gusto.
Canestrari había iniciado a los otros dos en el Jazz y el rock sinfónico. Evidentemente tenían rutinas humorísticas similares.
De todos modos, me sacó los centímetros suficientes de sangre como para demostrar con casi un 100 % de probabilidad que el doctor Gonzalves y señora eran, efectivamente, mis padres biológicos.
Carne de mi carne.
Sangre de mi carne.
Ser de mi ser.

OCHO
-Hola abuelo…
-…
-¿Coronel?
-…
-¡Señor Coronel Médico Gonzalves, permiso para saludar!
-Recluta Gonzalves, autorizado para saludar.
-¡Señor Coronel Médico Gonzalves, buenos días!
-Buen día recluta. Descanse.
El saludo con el coronel siempre había sido severo, pero desde que mi viejo y la hermana lo metieron al Jardín del Retiro todo se había vuelto mucho más marcial.
El coronel respetaba las jerarquías.
Él era el coronel.
Mi viejo, que no era milico, era el soldado raso Gonzalves.
Yo, simple estudiante, era el recluta.
-Coronel, ¿se heredan los recuerdos?
-No sea pajero, tagarna.
En estos casos lo mejor era dejar pasar unos minutos.
-Coronel…
-¿Sí?
-¿Dónde nació mi viejo?
-En San Miguel de Tucumán. Maternidad Nuestra Señora de las Mercedes.
-Se acuerda la fecha…
-20 de septiembre de 1978. Yo estaba destacado como Coronel Médico Pediatra en esa institución. Su madre lo tuvo por parto espontáneo a las 15:30 horas, sin complicaciones para ella o el neonato.
Era impresionante como ciertos datos surgían, precisos, del barro de la demencia que poco a poco lo iba tapando.
-¿Hay fotos, filmaciones, algo de la abuela embarazada?
-Nada. Todo se destruyó en el incendio del 81. No quedó nada. Para verificar fechas, se sugiere consultar el libro de inscripciones del Registro Civil de San Miguel de Tucumán.

NUEVE
Epílogo
Ser el narrador de una historia tiene sus privilegios.
Es él quien elige el tono, la extensión, la intensidad que debe tener el texto.
Es él quien elige cómo se cuenta la historia, si desde lo testimonial, si desde lo verosímil o lo fantástico, si desde el pasado, el presente o incluso desde el futuro.
Pero sobre todo es el narrador quien decide hasta dónde se cuenta.
Es él, pequeño dios presuntuoso, quien define qué tipo de final le da a la historia.
Es él quien determina con crueldad, arbitrariamente, hasta con indolencia, que esta historia finalice con la mirada de Gonzalves clavada en el cartel de la sede cordobesa de Abuelas mientras se pregunta si se pueden heredar los recuerdos.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Digo yo


Yo no sé si alguien va a leer esto.
Tal vez me importe o tal vez no.
Tal vez sea importante o tal vez no.
A mí me pareció importante poder decir algo pensado y elaborado, no una simple respuesta a un posteo en Facebook o alguna otra red antisocial de esas. Me interesa compartir unas pocas palabras y que a quien le interese las lea también y las comparta, o las refute o las ignore.
No para que me puteen.
No para que me bardeen.
No para que me ninguneen.
Y sobre todo para que las respuestas no sean gritadas. No me voy a tomar la molestia de leer acotaciones escritas todas con mayúscula.
Porque nadie es mejor que nadie.
Nadie es más que nadie.
Nadie es más sano o más inteligente o merece más por el solo hecho de haber tenido la suerte de, en su momento, quedar del lado bueno de la raya.
Nadie elige ser excluido. Nadie quiere quedarse afuera. Nadie quiere, si puede elegir.
Si se puede elegir, nadie quiere la limosna.
Si se puede elegir, nadie tiene diez pibes para cobrar una asignación.
Si se puede elegir, nadie prefiere trabajar en negro.
Si se puede elegir, nadie busca una vida peor.
Si se puede elegir, todos seremos mejores. Todos y cada uno de nosotros.
Porque nadie es sin los demás.
Porque nadie es aislado.
Porque nadie es si el de al lado no es.
Puede sonar a frase hecha, y probablemente lo sea.
No importa.
No quiero ser original.
No quiero ser creativo.
No quiero conmover a nadie.
No es esa la idea.
La idea es aprender.
La idea es saber que la democracia es el disenso organizado. El consenso forzoso nunca es bueno.
La democracia está bien siempre, no sólo cuando gano yo. Nadie discutió la validez de los votos de Alfonsín en el 83, o los de Menem las dos veces que ganó, o los de De la Rúa.
Nadie.
Nadie dijo que eran ilegítimas esas elecciones. Como nadie discutió elecciones legales con candidatos proscriptos.
No me interesa pelearme con nadie por el solo hecho de que no compartamos una idea política.
No me interesa tampoco que alguien se considere con derecho a insultarme o agredirme o a ponerme en tela de juicio porque defiendo una ideología diferente.
No soy mejor ni peor que quien interpreta la realidad de una manera diferente.
Simplemente pienso de otra manera. Y no por eso pido la muerte de nadie. Ni la proscripción de persona alguna.
No me enojo porque alguien que no piensa como yo se manifieste. Al contrario. Aplaudo a la democracia, donde todos podemos decir lo que se nos ocurra.
Aplaudo a la democracia, donde tenemos el derecho a no estar de acuerdo.
Aplaudo a la democracia, aunque muchas veces me tocó estar en la vereda de los que eran minoría.
Aplaudo a la democracia, donde cada persona, a la hora de elegir, vale lo mismo: uno.
Agradezco además haber tenido la suerte que muchos no tuvieron, de poder comer todos lo días de mi vida, de haber completado los tres niveles educativos, de poder trabajar de lo que me gusta y para lo que estudié.
Agradezco que muchos pibes que hace diez años no tenían esa posibilidad ahora la tengan.
Agradezco a la democracia.
Porque es mucho más justo que todos resignemos algo, para que nadie deba carecer de todo.
Nadie me paga por pensar así.
No recibo asignaciones porque tengo la suerte de no necesitarlas, pero agradezco que existan, porque muchos pibes van a la escuela y reciben atención médica gracias a este sistema.
Seré mucho más feliz cuando este sistema ya no sea necesario, o sea superado.
Seré feliz cuando alguien traiga una mejor idea para todos.
Buen provecho.

jueves, 23 de agosto de 2012

PALO DE NOCHE


Rossi se da vuelta lentamente, como buscando un efecto. Siempre hace lo mismo. Espera a escuchar el chasquido de la puerta y gira el sillón de a poco. Pocas veces se sorprende, y no es esta la excepción.
El otro es un tipo común. Se nota que ha hecho un esfuerzo por parecer preparado especialmente para esta ocasión. El pulóver negro de hilo sobre la camisa gastada, el jean casi flamante. Hasta los zapatos.
Rossi lo mira, lo mide, lo cataloga. Nada diferente. Nada que no haya visto antes.
El otro no sabe qué hacer. Nunca estuvo en un lugar así. Nunca vio la plaza desde arriba. Nunca vio un ventanal de ese tamaño. Tal vez por eso es que decide hablar. Una vez que empieza ya no puede parar.
El otro habla, y dice
“Buenas tardes, señor Rossi. Veo que no me reconoce. Está bien, hace mucho que no nos vemos. O que yo no lo veo. No sé. No recuerdo muy bien cuándo fue la última vez. De todos modos no creo que usted se acuerde de mí.”
El otro toma aire.
Rossi sigue imperturbable.
“Es raro de qué se acuerda uno” dice el otro. “Son como fotos que se te quedan grabadas en la cabeza. Un atardecer en el mar, un muelle de pescadores, una pelea entre un gato a rayas y un perro overo. El espejo rosa con las tres estrellas blancas le diría mi hermana. Las puertitas de colores de la casa de Ana…”
El otro se da cuenta de que Rossi se aburre, se dispersa.
“Mis recuerdos son más difíciles. Más oscuros. Dicen que empezamos a acordarnos de cosas que nos han pasado a partir de los tres años más o menos. Debe ser cierto. Yo tenía tres años cuando vi el árbol. Anochecía, porque el fondo de la imagen fue siempre azul. Con el tiempo le fui agregando detalles. Nunca sabré si eran reales, o si salían de las historias que me iban contando o que iba descubriendo por mi cuenta. Nunca se habló mucho del tema en casa.”
El otro carraspea.
Rossi le señala la jarra y el vaso.
“Gracias. Con el tiempo me acordé de las espinas, y supe que era un palo borracho. Cuando vi la rama que salía hacia la derecha me di cuenta que era uno de los árboles del cantero de Avenida del Libertador, cerca de la plaza. Mi viejo no podía aclararme nada, por supuesto. Lleva varios años muerto, pero eso usted ya lo sabe, o lo va a saber cuando se de cuenta de quién soy yo. Mi vieja nunca quiso entrar en detalles. Nunca me quiso explicar mucho. Decía que para qué, que saber la historia no me iba a ayudar en nada, que mi viejo no iba a volver y que el hijo de puta nunca iba a pagar lo que había hecho. Que no había cómo demostrarlo.”
Rossi se inclina hacia delante. Apoya los codos en el escritorio. Resopla lentamente. Percibe que la cosa se está por poner interesante.
El otro sigue:
“El tiempo pasó. Mi vieja nos bancó como pudo. Nunca nos faltó lo esencial, pero nunca tuvimos un lujo. Nunca unas vacaciones de verdad. Nunca una marca. Pobreza digna dirían los pelotudos. Humildad de laburantes dirían los garcas y los explotadores como usted Rossi.”
Rossi se endereza. El insulto entra como trompada.
El otro no se conmueve. Sabe que ha llegado al punto sin retorno.
“Hace un año mi mamá se murió. No fue una muerte heroica ni romántica. Se le rompió una vena en el cerebro, duró una semana en la terapia del Hospital. Se fue casi en silencio, sin joder a nadie. No como vos, Rossi”
Rossi parece no percibir al cambio en el trato. Se abstrae. No junta esa cara con su historia. No puede, no hay manera.
El otro sigue, áspero. Sabe que está llegando. Que todo llega, aunque a veces no.
“Y ahí fue cuando empecé a entender algo. O todo, pero de a poco. De a pedazos. Como la foto del árbol. Como otra foto, pero eso no se lo voy a contar ahora.”
Ahora es Rossi el que carraspea. Se sirve de la jarra.
Se da vuelta, mira por el ventanal. No sabe, pero está por entender.
El otro abre el bolso que trae colgado del hombro. Por primera vez arrima una silla al escritorio y se sienta.
Saca una carpeta verde.
“Acá está todo, Rossi. Desde la carta que dejó mi viejo antes de ir a colgarse del palo borracho hasta cada documento. Todo. Los papeles, las escrituras. Los recibos. Todo, Rossi. Ahora sabés quién soy. Y si no sabés, acá tenés la foto del cadáver ahorcado, del fondo azul del anochecer y del árbol.”
Mientras se da vuelta, Rossi alcanza a ver la pistola que se asoma en el fondo del morral. No necesita revisar el material. Sabe qué hay ahí, palabra por palabra. Sabe qué trata cada documento.
Sabe, también, qué pasaría si el contenido de esa carpeta se difundiera.
Mientras hojea, comienza a analizar las alternativas.
El otro espera, en silencio.
Vuelve a hablar
“De más está decir que hay otras copias de este material. Una la tiene Láinez, el periodista y otra el fiscal Fabrizzi, con instrucciones de difundirlas si a mí me pasa algo.”
El otro cierra el bolso, mientras se levanta.
“Chau, Rossi. Suerte.”
Se da vuelta.
Enfila hacia la salida.
Rossi le pregunta si lo va a matar.
“Quién sabe” dice el otro y se va.