martes, 11 de febrero de 2025

Dos cero uno

Él nunca se atrevió a meter el papel entre los billetes.

Ella no se animó a dejar la barrera baja un poco más.

Diez años al pedo, cruzándose en esa casilla de peaje.

lunes, 14 de agosto de 2023

Justicia Social

Javier Milei, el candidato más votado en las elecciones PASO presidenciales del 13 de agosto, dice que va a terminar con la aberración de la Justicia Social, y con la fantasía de que donde hay una necesidad nace un derecho. Lo dice frente a un público enfervorizado. Lo dice festejando el hecho de que uno de cada tres votantes lo ha elegido. No me toca, porque no tengo las herramientas necesarias, analizar la composición detallada de quienes lo han hecho. Tampoco me toca definir como equivocado o equivocada a quien ha votado a este candidato. La superioridad autopercibida, cuando de política se habla, nos ha llevado a caer en abismos de los que, una y otra vez, hemos logrado salir. Heridos, rotos, maltrechos. Pero lo hemos conseguido.

Dice Javier Milei que va a terminar con la aberración de la Justicia Social, y la pregunta que me recorre, es a qué nos referimos cuando hablamos de Justicia Social.

Para los defensores del libre mercado (habría que ver quién se beneficia de esa pretendida libertad), o para cierto sector ya definido como Medio Pelo o Clase un cuarto, la Justicia Social es la distribución de dádivas, de manera indiscriminada, a personas que eligen subsistir de esta manera. Para un sector social más acomodado, la Justicia Social es una manera de exprimir a quienes han hecho grande al país.

Para mí, la Justicia Social es mucho más que eso.

Es garantizar el acceso a la Educación Pública, gratuita y de calidad.

Es garantizar una cobertura de salud de primer nivel para todos y todas.

Es garantizar el cumplimiento de derechos para cada persona y es, también, cuidar de aquellos que, por la razón que fuera, hayan estado excluidos, marginados, perseguidos y olvidados por la sociedad y por los sucesivos administradores del Estado.

Es garantizar la posibilidad de un retiro saludable para quienes así lo merezcan.

Es garantizar la seguridad para cada uno de nosotros y nosotras.

Pero es, también, garantizar que cada persona pueda acceder a desarrollar la tarea que cumpla con sus expectativas o con sus deseos, y que pueda formarse para alcanzar su mayor versión, basándose en sus capacidades y no en su capacidad de pago.

Es Justicia Social garantizar la infraestructura necesaria para el desarrollo de todos y todas.

Es Justicia Social poder acceder a los cuidados necesarios para vivir una vida plena, y que no sea esto limitado por la capacidad de pago de cada quién.

Sabemos qué pasa cuando es la mano del mercado, nada invisible, la que define el destino de cada persona. Ya vivimos esa tragedia, muchas veces.

Justicia Social es, también, que cada persona esté representada por un voto.

Nada está tan firme que no pueda ser borrado en un instante, y siempre es más fácil destruir. Cuidemos lo que tenemos, porque solamente así lograremos que esos derechos, que surgen de una necesidad, se amplíen cada día más.

Eso también es Justicia Social.

lunes, 18 de abril de 2022

Cuatro

No hay que discutir cuando se está enojado. No. Eso dicen las viejas de memoria larga que ya no usan batones. Ahora bailan zumba, toman cervezas artesanales y cuidan a los nietos cuando no tienen otra cosa que hacer. Las nuevas sabidurías vienen con varios gigas de reserva mnésica y pantallas a todo color. Todo tiempo presente es mejor.

Tampoco hay que pretender lógica en la reacción que es, por definición, el resultado muchas veces natural de una acción determinada. La reacción es inmediata, no da tiempo al pensamiento. No hay espacio posible entre el desencadenante y el efecto. Quien reacciona lo hace de la única manera posible.

De más está decir que no hay dios que explique un resultado empíricamente demostrable. No hay fundamento supramaterial que justifique la subversión de las leyes, del contrato social, de las normas más elementales de la convivencia civilizada. La casualidad es un mal fundamento para un mal resultado. Cuando dos piedras caen hacia el mismo punto del universo, el resultado es fatalmente irrebatible.

Amén.

Pues entonces, de qué vale enojarse. A quién hacer responsable del descalabro generado. Tal vez a los vectores, tal vez al espectro cromático, tal vez al huso horario, tal vez a las consecuencias derivadas de la vida cotidiana. Tal vez no haya responsabilidad atribuible. La pregunta final es qué nos queda.

La gradación.

Que es turra, porque es subjetiva. El sentido común es el hijo bastardo de la lógica, que es siempre hegemónica. Ese sentido común que genera frases hechas, razonamientos ramplones, conclusiones con fondos de cascadas y lánguidos teclados.

Todos sabemos que una lata traumatizada no se compara con el pibe que no está, con el futuro que desapareció, con el fondo de la olla cada vez más habitual, con el trapo y el vidrio, con la incerteza cotidiana.

Pero todos somos egoístas, en algún momento.

Todos pensamos que nuestro pequeño percance debería ser relatado por un Shakespeare del este Cordobés.

Un poco porque estamos convencidos de que el mundo gira alrededor de nuestro plexo.

Y un poco porque no nos gustan las frases evidentes.

Qué joder.

miércoles, 5 de enero de 2022

Diario de la Sexta- Dos

 05 01 2022

No hay tiempos mejores. Tampoco los hay, por consiguiente, peores. No hay manera confiable de categorizar las épocas, porque los testimonios son siempre sesgados. Para empezar, quien cronica debe poder hacerlo, ya sea por capacidades personales o por disponibilidad técnica. La meritocracia no es algo virtuoso. Es más, tiene el mismo sustento ideológico que la neutralidad. Pero dejemos las ramas para los cardenales.

Vivimos tiempos. Estos tiempos. Los que nos tocan. No hay manera posible de que esto no sea así. Cada uno de nosotros es una combinación genética única, una probabilidad estadística prácticamente nula para los parámetros de la biología. Cada uno de nosotros puede darse en un momento específico y no en otro. Cada uno de nosotros es el resultado de un número de flujos y de azares imposibles de repetir. Un estornudo, un mal día, una copa de más. Así de frágil puede llegar a ser nuestro origen.

Pero somos, también, en función de la comunidad. El contexto en el que vivimos nos sitúa, nos dirige, nos condiciona. Nada de esto es original, solamente es una mala cita de palabras mejores. Como siempre, la pretensión de originalidad es tan solo eso. La principal ventaja de leer mucho es que amplía el espectro de posibles apropiaciones, de plagios más elegantes.

Entonces.

Las profecías tienen el defecto de hablar, muchas veces, de un futuro posible, sin ver el barro en la suela de la alpargata. Es así que todos pensaron en un mundo en el que toda tecnología iba a ser dominante, en el cual las comunicaciones iban a ser omnipotentes, y donde el mérito iba a ser suficiente. El ser humano del siglo XXI iba a ser superior estética, social, cultural y económicamente.

Hasta que un chino se tomó una sopa de murciélago (la gran leyenda urbana de este milenio), y desató este Armagedón que nos toca transcurrir, y que es una especie de Aleph epidemiológico.

Porque todo lo que está pasando, ya pasó. Y las respuestas fueron más o menos las mismas.

Toda catástrofe afecta a sus víctimas de manera individual, por lo que las reacciones son, necesariamente, personales. En el caso de una pandemia, la consulta al sistema de salud lo es, el conocimiento de un resultado debería serlo. Acceder a una vacuna es un hecho personal, el aislamiento como primera medida de cuidado también lo es.

Ahora bien (si se permite el léxico científico social): aunque cada hecho es individual, sus consecuencias son comunes, y así deben ser tenidos en cuenta a la hora de pensar en un futuro más o menos sustentable, ya sea a un nivel macro como en cada comunidad. No dar vacunas a los países pobres tiene el mismo fundamento que agredir a quien nos cuida porque queremos pasar antes en la fila del hisopado. Es tan buller el país que acapara medicamentos como el simio que putea a un voluntario o a un profesional de la salud.

Gil Grissom dijo alguna vez, y la cita es aproximada, que el problema es que somos seres con genes precámbricos viviendo en una sociedad posmoderna. Tal vez sea esa la razón por la cual seguimos respondiendo a lo desconocido, o a lo que nos atemoriza, de la misma manera que hace 10.000 años.

No jodamos, entonces, a los que quieren hacer las cosas de otra manera. Alguna vez, el sapiens inicial aprendió a sumar y a escribir. Seamos algo más que eso.

 

sábado, 1 de enero de 2022

Diario de la Sexta

01/01/2022 

En su libro Sapiens, de animales a dioses, Yuval Noah Harari nos dice que la primera escritura fue lo que él llama parcial, ya que se desarrolló para registrar las transacciones comerciales primitivas en la Mesopotamia asiática. Dice, también, el historiador israelí, que tal forma de escritura no sirve para describir sensaciones. Dice Harari que los números no permiten, por ejemplo, escribir poesía. Me permito, humildemente, discrepar con esta afirmación. Creo que las cifras no solamente nos describen pebeíses o pesos al nacer o detenidos desaparecidos. Los números, puestos en contexto, son mucho más que la sola base de la estadística. Los ejemplos mencionados son elocuentes.

Entonces.

Es primero de enero de2022.

Una cifra, un dato estadístico, un evento cronológico. El inicio de un año más. El día siguiente al año que hemos transcurrido, y que nos acerca a otra cifra.

Para un mundo que ya nunca volverá a ser, 2022 es el tercer año de una pandemia como no había conocido la humanidad en el último siglo. Para los aficionados al fútbol, es el año en el que se va a jugar un mundial que puede representar la última oportunidad de Lionel Messi. Para los timberos, es la oportunidad de salir de pobres jugándole a los patitos. Las posibilidades son múltiples.

Para algunos, este 2022 se apaloma con otra cuestión determinada por el sistema decimal: el número redondo.

Entonces.

Los cambios de década suelen ser tiempos de duda, de sismo cronológico. Se habla de crisis, de sacudón. Lo clásico es el paso a la quinta década, los cuarenta que actúan como non plus ultra de la decadencia de la persona, a partir de los cuales todo empieza a decaer. Así como la adolescencia ha sido constituida en la edad dorada a la que muchos añoran y quisieran volver. Personalmente, creo que esta es una etapa sobrevalorada que tiene solamente dos elementos a rescatar: es breve y casi siempre irreversible.

Entonces.

En este año, 2022, completo mi quinta década. En marzo, como muchos saben, cumplo cincuenta. No me gusta hablar de balance, porque creo que eso corresponde a ciclos cerrados, y no me parece que eso se pueda aplicar a esta cuestión.

Para nuestro clan, esta década es cosa seria. Muchos no lograron completarla, entre ellos mis viejos, por esas cosas de la naturaleza y los contextos, que son crueles y maulas, como el gato del tango. Les ha tocado ser las víctimas de sus propios cuerpos, de maneras brutales e irreversibles. La muerte siempre es absurda e inoportuna, y nos deja con proyectos incompletos, con libros sin leer, con sobremesas sin transcurrir.

Entonces.

Mientras miro el patio de mi casa a través de las rejas de mi habitación, esperando un informe de laboratorio que, usando una escritura completa al decir de Harari, me diga si formo parte de los afectados por el virus de moda, pienso y escribo, sin pretensión alguna de talento o de originalidad. Comienzo, en tres meses, mi sexta década, y se me llena el culo de preguntas. ¿Era esto lo que esperaba? ¿Cuáles habrán sido las expectativas que quienes me formaron tenían sobre mí? ¿Llegué a lo que debía? ¿Me quedé corto? ¿Fui más allá? ¿Tiene sentido seguir insistiendo? No la tengo tan clara. Creo que nadie tiene esa certeza. Sé que traté siempre de ir por el lado que me marcaba la Historia familiar, con sus fusilados, sus exiliados, sus militantes, sus docentes, sus sanadores. Sé que es un privilegio integrar una tribu en la que la palabra es eje y sentido. Sé que cada charla con mis hijos, con el militante, con el escritor y con el artista, así lo demuestra. Sé que la compañera que encontré el primer sábado de este siglo es la que volvería a elegir cada nuevo sábado de cada nueva semana, porque nos merecemos lo transcurrido. Sé que la nostalgia es el pan en el huevo frito de la vida, ya sea por lo pasado como por lo que vendrá.

Entonces.

Empieza otro año.

Empieza otra década.

La década.

Esperemos estar a la altura de los que no la pudieron completar.

En su nombre, levantemos la lata, la copa, la botella cortada, el vaso.

Y no le mezquinemos cuero.

Salú.

martes, 9 de noviembre de 2021

Tres

El Klezmer del Este Cordobés mira por el ventanal de la estación de servicio de la multinacional, la que está en el cruce de la Avenida con la ruta y piensa, porque eso suele ser un buen hábito. O eso dicen. Y el Klezmer del Este Cordobés es muy respetuoso de los saberes populares.

Dicen, por ejemplo, que la cruz de sal corta la lluvia. Y que la sandía con vino es letal, peor que el neoliberalismo. Por lo menos en el corto plazo. Dicen, también, que no hay que batir mayonesa cuando manda la luna, porque eso acarrea resultados casi siniestros. Desconocemos cómo influye el hábito hormonal con la emulsión preparada con la minipimer. Habría que averiguar, hacer un estudio de doble ciego. Cosas más raras se han investigado, con resultados menos trascendentes. Miles de teorías económicas lo demuestran.

Dicen, también, que mientras más avanzada es una corriente de pensamiento, más amplio es el criterio de sus integrantes, y más sutiles sus debates y, por ende, sus conclusiones. Puede ser. O no.

Es posible, por ejemplo, que al organizar un evento destinado a difundir las bondades del tratamiento del hallux valgus en la población vulnerable de Ciudad Insaurralde, actividad dirigida a la comunidad chueca local y a sus cuidadores, se propongan fecha y hora, se diseñen cartelones y se convoque al público conocedor, se asignen temas y tiempos, se distribuyan las responsabilidades e, incluso, se achaquen las culpas.

Porque siempre es bueno saber quién hizo mal las cosas.

Pero entonces, de improviso (o no), alguien se acuerda de que en esa fecha se conmemora el día de la glorificación del boniato, ocasión en la cual los productores regionales de la reivindicada hortaliza harán un guiso masivo en la explanada de la dizque Tecnoteca local, al que asistirán, masivamente, los veinte iniciados en el tema.

Es ahí, pues, cuando el intercambio surge caótico pero nunca demencial, porque se supone que hablamos de vanguardias. Se superponen citas personales con fiestas de guardar con reuniones sociales con eventos culturales con intervenciones militantes.

Y el Klezmer del Este Cordobés siente que ha concurrido a una asamblea de los movimientos progresistas en la cual se debate el calendario marital de Fernanda del Carpio, y que se logrará un improbable acuerdo, con pocos conformes y muchos insatisfechos.

De todos modos, se dice el Klezmer del Este Cordobés, es preferible eso a formar parte de la horda que sostiene que se deben prontuariar a los pibes una vez que nacen, para evitar males mayores. A los pibes que nacen de aquel lado de la Avenida, por supuesto.

sábado, 23 de octubre de 2021

Dos

 Cae la tarde sobre el Este cordobés. El klezmer concurre con el cachorro segundo a aupar al sobrino mayor por línea paterna, en la dura porfía futbolera puberal y arrabalera. La muchachada suda el sintético que cubre los torsos pero no, evidentemente los hados no nos sonreirán, como tampoco lo harán nuestros bravos players. Los llamativo es que tampoco demuestran gozo alguno los contrincantes, por lo menos mientras se desarrollan las acciones en el verde césped. 

Primera parte de un día atravesado por descargas variadas de neurotransmisores estimulantes, si se perdona la disgresión pretendidamente fisiológica. 

Un héroe cumple setenta, y dios se ha sentado a disfrutar.

Finalizado el match, el klezmer del este cordobés debe hacer efectivo su rol progenitor, y trasladar al futuro de la patria hasta la casa de un amigo, en la cual el muchacho deberá hacerse cargo de la nutrición de los concurrentes al evento. El hogar del anfitrión se encuentra en una zona de casas sin revoque, con calles mal iluminadas, cercana al margen construido del conurbano que habitan. Una vez allí, son recibidos por la madre del festejado, quien explica que el barrio no debería generar ansiedad alguna al klezmer, y que el ágape se desarrollará, íntegramente, en los intramuros del solar familiar. El remitente agradece la preocupación, y exime a la comadre de toda justificación, posteriormente a lo cual se retira hacia su hogar, mientras barrunta la tristeza de sentir que vivimos en un mundo en el cual alguien siente la necesidad de pedir perdón a otro por no ser ABC 1 y no vivir en un barrio de casas con pileta y carros de doble tracción. Tristeza que muda, casi inmediatamente, en furia, porque comprende que, para muchos sujetos que jamás podrán tener un plantín de chauchas en su patio de mosaicos, esa conducta es no solamente digna, sino que es, además, recomendable.

El klezmer del este cordobés comprende que la peor clase de ser vivo es aquel que cree merecer un esfínter ubicado una cuarta más al norte.

Y se va a escuchar a García. Porque si la solución es lejana, siempre nos queda la belleza.

martes, 19 de octubre de 2021

Uno

 El mundo es un lugar hostil para las almas simples, piensa el klezmer del este cordobés. El mundo es un lugar extraño, además, para los que pretendan analizarlo desde los tradicionales cánones analógicos. En la tele, veintidós muchachones con ingresos muy por encima de los de sus espectadores porfían por ganar un trofeo que corona al campeón de un torneo europeo poblado de jugadores sudacas o africanos de primera o segunda generación, jóvenes atletas que, de carecer de las habilidades necesarias para triunfar en el reality futbolero, no habrían pasado de Lampedusa. Mientras tanto, la radio transmite el empate de Central y de Platense uno a uno. Ferro no juega en Primera.

Paradojas.

O no.

Blanqueo de modernos Espartacos, sin gloria para los amateurs. Nadie aplaude al segundo, el primero de los últimos de aquel doctor legendario. 

Melancolía de los noventas, de raros peinados nuevos y de básculas con dos cifras, cuando todos los pasados estaban por llegar. Nostalgia de los derrotados, del Diez de la península, de los primeros caídos nuestros. Todavía no teníamos muertos genuinos, la decadencia era ajena. Éramos inmortales, como corresponde.

Afuera la ruta, metáfora berreta de todo. Lo abstracto como base de lo transitorio. Nada es menos tangible que el traslado. Nada es menos violento que el destino.

Y así vamos. Predicadores invictos de lo etéreo, jueces imparciales de los extremos, catadores de la miseria. Pero siempre neutrales, por siempre objetivos, para siempre asépticos.

En la tele, un millonario postpúber hijo de ilegales festeja un gol. Otro millonario cuenta que se escruchó una bici para empezar su carrera legendaria en el balompié. Los caníbales dicen mirá qué bien, cómo la voluntad todo lo logra. Afuera, en el barro, se congratulan con los sicarios que le dicen a la madre del pibe que se afanó el celular que no, que pregunte en el otro local.

El klezmer del este cordobés mira por el ventanal cómo la carroza blanca del patrón entra a cargar gasoil y se pregunta qué nos queda de aquella década, cuando todo estaba por empezar. 


jueves, 1 de julio de 2021

PALABRAS

Las palabras construyen relatos, los relatos narran la historia, a la historia la escriben los dueños de las palabras. Nada de esto es nuevo. No pretendo descubrir teoría alguna, no pretendo demostrar a qué equivale la masa cuando se la multiplica por la velocidad de la luz elevada al cuadrado. Ya el Libro decía que no hay nada nuevo bajo el sol.

Las palabras construyen relatos, y esos relatos conforman mitologías. Cuando un mito se hace hegemónico se transforma en religión o en historia oficial, según sea laico o teológico el espíritu de la época. Entonces, los cuentos estructuran una identidad, definida por el narrador en cuestión. Cuando esa identidad no tiene una base más terrenal, pues entonces ésta deberá ser defendida. Por la persuasión o por la otra. Y si los que están no entienden cuál es la suya, deberán dejar su sitio a gente más abierta de mente. O más dócil. Que entienda sepa de qué color son los buenos, por qué calles puede caminar, cuáles son sus obligaciones, cuál es la gratitud debida.

Por supuesto, no hay felicidad eterna. Sobre todo, cuando la justicia que subyace a esa sensación es, de mínima, debatible. Nunca falta el jetón que se aviva de que hay algo que no funciona del todo bien, y que arranca a los gritos. Y sale al mundo, y se refresca las patas en las fuentes sagradas de la Patria que, como sabemos, es de todos pero no tanto. Aparecen, entonces, otras palabras, que cuentan el cuento de otra manera, con otras rimas. Suenan canciones diferentes, se baila en el patio y en la vereda, se descansa en el mar o en el cerro. Y ya el olor es diferente.

Pero ellos se encargan de hacer ver que no es lo mismo. Que la historia que cuentan los otros no es canónica, sino que es revisionista. Que los derechos que reclaman no son tales si no hay contraparte. Que los que llegan son violentos y salvajes, una especie de aluvión mineral, animal o vegetal al que hay que domesticar por las buenas o por las que sean. Porque hay que defender a la República.

Y entonces se dan cuenta de que se trata de ellos o de los otros. Y siempre los otros son los que no deberían ser, y por eso deben ser puestos en su lugar. Y se bombardea, se secuestra, se mata, se desaparece, se expulsa al exilio, se prohíben los cuerpos, las canciones, los nombres. Se reclama el dominio de las palabras.

Se separan los términos.

País o república.

Nosotros o ustedes.

Nación o comunidad.

Pero ellos dicen que hay que unirse y tirar para adelante. Porque somos un pueblo condenado al éxito, pero que hay que estar atentos a las anomalías. El problema es que no falta el trasnochado que quiere definir el éxito a su manera. Por suerte, o por gracia de dios, tampoco falta el hombre fuerte que sabe cuál es el futuro que merecemos. Y cuando los tiros no alcanzan, o los mariscales son derrotados, se adaptan, se reconvierten, se meten por la ventana del fondo y ganan el partido metiendo un gol con la mano sabiendo que el referí no va a pitar.

Entonces llega el tiempo en que las palabras con las que escriben sus relatos no les alcanzan. Por gastadas, por obvias, por burdas, por repetidas. La memoria del hambre puede más que cualquier discurso. Entonces usan nuestras palabras y nuestros relatos, y los usan de almohadón para el gato de cien mil pesos.

Nos quieren hacer creer que somos nosotros lo violentos, que fueron nueve mil, que la justicia social es peligrosa, que los derechos son un gasto, que la república es más importante que la comunidad, que los indiferentes son mejores, que las vacunas son veneno, que un ñato que se fue a Miami a pasear en el medio de la pandemia y no puede volver es un exiliado.

Hubo una época en la cual los mejores escribían la Historia. De un lado y del otro, porque no hay un justo medio. Para eso, no tendrían que existir los extremos. Para eso, la desigualdad debería ser una fantasía, como lo es la escalera al cielo del mérito. Por eso, en estas eras geológicas en las que nos toca esquivar el meteorito, es menester empezar por lo más básico.

Defendamos las palabras.

Las nuestras.

Porque son más bellas.

Porque son más justas.

Porque son más libres.

 

jueves, 18 de marzo de 2021

Omnias

 Está por todos lados, sin pudor y sin respeto, de una manera casi pornográfica. Está por todos lados, como si fuera una propaganda de ropa de moda en los noventa, cuando se querían unir los colores. Está en todos lados, para el regocijo indignado de los sommeliers de vidas ajenas, que culpan a la madre porque no eligió una vida mejor. En todas partes. En las plataformas, en los portales, en las páginas, en los canales de televisión. En los discursos berretas llenos de conciencia social influencer de los angustiados que solamente han visto el barro en los documentales de Netflix, que venden el glamour de saber que hay otro relato que conmueve mientras se quede allí, porque los relatados huelen a ropa sin lavar y a humedad de meses, y no escuchan reggae ni cumbia progre. Por todos lados se mete, para que los liberales digan que la culpa de todo es del estado ausente manejado por políticos corruptos, para que los troskos de Instagram digan que es culpa de los gobiernos populistas, para que los populistas no digan nada, porque no hay nada que decir, dicen. No hay como detenerla, es invasiva, es irreverente, es violenta. No interpela, porque no concibe respuesta posible que pueda equivalerla en su significado, que pueda igualarla conceptualmente.

Es la foto de una mujer de siete años.

martes, 8 de diciembre de 2020

Adentros

 -El mundo está afuera

-¿Cómo?
-Eso. El mundo está afuera.
En la sartén, el aceite se calentaba. Las manos de la vieja sobaban la mezcla de harina, grasa, sal, polvo de hornear y agua. Después, estiró el bollo con el palote que había sido de su madre y que era lo único que había podido rescatar cuando abandonó los llanos de noche, porque nadie se va cuando ya ha amanecido. Se mojó la mano y echó unas gotas en el aceite que chilló, ya a punto. Cortó la masa en rectángulos irregulares que fue poniendo a freír con cuidado, mientras silbaba un tango a su manera, estirando la boca fruncida hacia adelante, dejando salir el aire de a poco, en soplos entrecortados.
-El mundo está afuera.
-Y adentro, ¿qué hay?
-Adentro estamos nosotros.
-¿Todos juntos?
La vieja miró al hombre como con piedad o, mejor, con ternura. Con la ternura de quien le había enseñado a limpiarse el culo.
-No, m'hijo. Adentro hay lugar para uno.
-¿Y los demás?
-Cada uno hace lo que puede. Algunos encuentran un sitio, otros no.
-¿Y dónde se quedan?
-Afuera.
La vieja puso las tortas fritas en una bandeja. El hombre llenó el termo con el agua caliente y preparó el mate. Promediaba noviembre, pero ese día había sido caluroso y húmedo.
-Allá, en los llanos, el calor es seco.
Se sentaron a la sombra de un gigantesco árbol de alcanfor.
-Cuando la Señora construyó esta casa, el Doctor compró todas estas plantas.- La vieja nunca hablaba de ellos por su nombre.
-No sabía que al Doctor le gustaran los árboles.
-No. Él amaba el sol.
Era verdad. El hombre recordó la imagen de su padre, sentado al costado de la pileta, a la hora feroz de la siesta, leyendo a José María Rosa.
-Pero más amaba a la Señora, por eso hizo el jardín más hermoso, el que ella siempre quiso.
El hombre cebó el mate, mordió una torta frita. La nostalgia se le metió por la garganta, como en un viejo cuento. Como en una antigua canción de cuna.
La vieja juntó las manos sobre la falda, miró hacia la calle. Los hijos del hombre, que le decían Tata, pasaron por su vera y saquearon la fuente. El más grande la besó, el más chico le cantó. La mujer salió de la casa, y se sentó con ellos.
-El mundo está afuera- dijo la vieja- por eso hay que dejarlo ahí. Adentro está cada uno, y lo que cuenta.
-¿Y los otros?- preguntó la mujer.
-Los otros están ahí. Esperando.
-¿Y si alguien quiere entrar?
-No se puede. Como mucho, se puede achicar el mundo que hay entre cada uno.
Afuera, empezaba a refrescar.
-En los llanos, el frío no es como acá.
-¿Cómo es?
-Es seco. Se lo pasa mejor. Salvo cuando nieva en el cerro. Por eso, siempre hay que tener la leñera llena.
La mujer entró en la casa y volvió a salir llevando dos mantas tejidas. Puso la más pesada sobre los hombros de la vieja.
-Mi mamá sabía hacer mantas como esta.- dijo la vieja.- Pero todas se quedaron en los llanos. No había mucho lugar en la valija, y el sur quedaba lejos para ir muy cargadas.
-¿Para dónde se fueron?
-Al sur, para afuera.
-Y adentro, ¿quién quedó?
-Adentro quedó alguien, y mucho mundo en el medio. Cada vez más.
El mate pasó de mano en mano. El agua se terminó, el hijo mayor llenó otra vez el termo y se sumó a la ronda. La vieja cerró los ojos.
-En el sur estuvimos como cinco años, pero no nos gustaba. Los cerros de allá son distintos.
-¿Distintos en qué?
-Tienen árboles, hay unos lagos enormes, hace frío. No hace calor nunca, las manos se rompen al trabajar.
La mujer se arropó. El hombre renovó la yerba. La noche se cerró. El hijo menor fue hacia el parrillero, acomodó las ramas secas, el papel y el carbón. Mientras agitaba la pala de plástico, para avivar las llamas, buscó música en el reproductor.
-A la Señora le encantaba la música.- dijo la vieja
-¿Y a mi papá?
-El Doctor era totalmente sordo. Decía que las bombas de la Capital lo habían dejado así.- la vieja devolvió el mate.- Gracias, m'hijo.
Una lechuza se paró sobre uno de los faroles del patio, ululó, se quedó mirando hacia la casa.
-Antes, no había lechuzas por acá. Pero tampoco había gente. Cuando llegamos, esto era todo monte.
-¿Por qué se vinieron desde el sur?
-Hay cosas que no hay que saber.
-¿Viniste sola?
-Hay preguntas que no hay que hacer.
El hombre entendió que era inútil insistir.
-Cuando la Señora quedó de encargue, pusieron un cartel en la panadería. Tenía una panza muy linda, y se reía todo el tiempo. El Doctor le leía cuentos.
-¿No le cantaba?
-No. Le leía. Las viejas que vivían cerca de la Estación le contaban los días, para ver si el nacimiento llegaba en la fecha.
-¿Y llegó en fecha?
-¿A quién le importa? Ellos eran adentro, y entre esos adentros no había lugar para otra cosa. Después del hombre mayor vino el hombre menor, y después todo lo otro.
-Y vos.
-Y yo.
-Hasta que se fueron.
-De madrugada. Nadie se va cuando ya amaneció.
Los hijos sacaron la carne a punto, prepararon las ensaladas, abrieron el vino. La cena fue larga, la sobremesa lo fue más. Se contaron historias, muchas de ellas reales.
-¿Todo eso pasó de verdad?- preguntó la mujer.
-Casi todo.
La noche se fue terminando de a poco.
-¿Y ahora?- preguntó el hombre.
-Nadie se va cuando ya amaneció- dijo la vieja.
-¿Y yo, qué tengo que hacer?
-Buscanos.
El silencio se trepó por la ramas del alcanfor.
Por el lado de la ruta, empezó a salir el sol.

domingo, 29 de noviembre de 2020

2020

 Noviembre se moría de a poco, pero las noches todavía eran frescas. El Tano bajó la persiana del almacén y se acercó. Yo estaba, como siempre, sentado en el tapialcito que separaba el jardín de la casa de mis viejos de la vereda. Me dio un cartón de Parisiennes que traía bajo el brazo

-Tomá, un regalo.
-¿De cumpleaños?
-De despedida.
-¿Te vas de viaje?
-Sí.
-¿Vacaciones?
-Ponele.
Sacó un atado de cigarrillos paraguayos del bolsillo de la campera, convidó. Fumamos en silencio. Un Palio negro todo oxidado pasó por la calle, la ventanilla abierta dejó una ráfaga de la canción del brujito.
-¿Se puede saber a dónde vas?
-No.
Muchos años de conocernos, sin llegar a ser amigos, fueron suficientes para saber que no era necesaria otra pregunta. El Tano se terminó el cigarrillo, lo aplastó con la suela de la Topper negra. Como un mago de cumpleaños hizo aparecer dos latas de cerveza helada.
-Salú.
-Salú, Tano.
El primer trago le costó, pero una vez que lo pudo pasar empezó a hablar sin parar, como si algo se hubiera destrabado de golpe.
-Marisa odiaba el fútbol.
-Ajá.
-Sí. Nunca le gustó. En realidad, lo único que le gustaba mirar eran las olimpiadas. Se pasaba horas viendo competir a gente de países desconocidos, y después se conseguía documentales o pelis de atletas, esas historias de vida de tipos que de un caserío en el medio del África salen corriendo una madrugada y terminan con la medalla de oro en el cogote.
Mientras me tomaba la cerveza, trataba de entender de qué iba la charla.
-Lo que a ella le gustaba, sobre todo, era el talento de la gente. Para jugar a algo, para hacer música, para cocinar una torta.
-¿Y a vos, qué te vio?
-El talento para los negocios, capaz.
Nos reímos de melancolía.
-Nos conocimos en un centro cultural que había para el lado del Barrio de los Alemanes, hace 25 años. Unos pibes del taller de cine habían hecho una peli sobre los ídolos de la gente. Obviamente, Él se llevaba la mitad del documental.
-¿Y Marisa qué tenía que ver?
-Dirigía el taller literario.
-¿Marisa? No le conocía esas inquietudes.
-Cada uno es más lo que oculta que lo que muestra.
El Tano sacó dos latas más.
-La cuestión es que en centro laburaba un flaco que había jugado con él en la inferiores, allá en Buenos Aires, y lo llamó. Te la hago corta: el chabón se vino a escondidas, vio la peli y se quedó hasta el otro día contando historias y comiendo choripanes con nosotros.
-Y ahí se conocieron con Marisa.
-Así fue. Yo llegué sobre la hora, y no había más lugar para sentarse, así que me quedé apoyado en el portón. Al fondo, contra la pared, había una especie de grada. Marisa me vio y me llamó, me hizo un lugarcito, se presentó. El resto es historia vieja, como toda historia. Al mes, estábamos viviendo juntos, a los seis meses pusimos el almacén. Después vinieron los pibes, y el resto.
El Tano prendió otro cigarrillo. Yo abrí el primer atado del cartón. La llama del encendedor se reflejó en los cristales de los anteojos del almacenero.
-¿Cuándo fue lo de Marisa?
-Tres meses.
La mujer había sido la tercera muerte local de la epidemia.
-Y ahora esto.
-Año de mierda.
Por la calle, pasaron dos adolescentes con la 10 de la selección. Iban cantando que llegó la mano de Dios.
-Será que era Dios. -dijo el Tano.
-Será, nomás.
El Tano se subió el cierre de la campera. Metió la mano en la mochila.
-Un último regalo, Polaco.
-No hace falta, dejá...
La mirada definitiva de mi vecino no me permitió seguir.
-Chau, Polaco.
-Chau, Tano, nos vemos a la vuelta.
Mientras se iba caminando me quedé mirando lo que me había dejado. Una remera blanca viejísima, con una dedicatoria escrita con marcador negro:
"Para el Tano y la Marisa, que van a ser para siempre" y la firma inconfundible.
Esa fue la última vez que lo vi.

lunes, 24 de septiembre de 2018

¿Quiénes somos?

Un periodista local cuenta que han golpeado ferozmente a un pibe, en un evento multitudinario, en nuestra ciudad, en la que nunca pasa nada.
Las fuerzas del orden, que deben, teóricamente, protegernos, han castigado con saña a un adolescente en la última estudiantina. Nadie sabe muy bien por qué, si es que tal cosa existe, si es que hay una causa suficiente para que alguien sea apaleado por quienes deben velar por su seguridad.
Acto seguido, el periodista reproduce un mensaje de audio de quien dice ser la madre del chico reprimido por la policía. La señora refiere, profundamente conmovida, que ella se encontraba en la plaza en la cual se desarrollaba el festejo en cuestión, y que vio cómo los agentes del orden apaleaban a un pibe que estaba semidesnudo, sin su remera, debido al sofocante calor que se dio en la ciudad ese día.
Sigue hablando la mujer, y cuenta que, pocos minutos después, recibió la noticia de que el adolescente castigado podría ser su hijo, al cual no reconoció, por lo cual se trasladó a la comisaría, donde luego de un largo rato pudo reencontrarse con el pibe, duramente maltratado.
Entonces, las preguntas se vienen en manada.
¿Qué tipo de sociedad acepta que la policía pueda castigar de esa manera a un adolescente?
¿Qué tipo de sociedad no se permite reaccionar frente a tamaña violencia institucional?
Sin dudas, vivimos tiempos en los cuales se avala, desde el Poder Político, a quien pega primero, o dispara sin preguntar. Sobran los episodios recientes, como para meterse a detallarlos. Desde Santiago hasta Ismael. Hemos vuelto al concepto de que Algo Habrán Hecho.
Somos, como sociedad, según reaccionamos frente al más vulnerable.
La mujer que relata, desgarrada, la situación vivida por su hijo, cuenta que ella vio cómo la policía le pegaba a alguien. La mujer cuenta los golpes, la violencia, la saña.
Pero la mujer solamente reacciona cuando sabe que la víctima es su hijo.
No quiero, no pretendo, no tengo la atribución de juzgar a quien actúa de determinada manera frente a determinada situación. No pretendo condenar a esta persona, que seguramente está pasando por uno de los momentos más tremendos de su vida. La reflexión nunca debe ser sobre las personas particulares.
Pero tengo la responsabilidad de pensar que no podemos quedarnos esperando que las cosas nos pasen a cada uno de nosotros antes de actuar. El pibe que estaba siendo golpeado era, es, el hijo de alguien. Y estaba siendo brutalmente reprimido por las fuerzas del orden.
La batalla es, desde siempre, cultural. Cuando comprendamos que lo comunitario siempre va más allá de lo individual seremos una sociedad mejor.

martes, 4 de septiembre de 2018

ISMAEL


San Francisco, 4 de septiembre de 2019
Hay una foto.
Hay una foto que recorre las redes sociales, nuevos paraísos de la comunicación efímera. Como la del pibe sirio. En la imagen se ve un cuerpo. Es el cuerpo de un chico de 13 años, que se llama Ismael. Que siempre se va a llamar Ismael, y que siempre va a tener 13 años. En la foto se ve a Ismael en lo que parece ser la camilla de una Guardia de Hospital. Está intubado, tiene un agujero de bala en el pecho. No quise ver más. No pude ver más.
Muchos dicen que fue legítima defensa.
Otros dicen que Ismael no tenía que estar ahí.
Y es verdad.
Ismael no tenía que estar saqueando un supermercado en la ciudad chaqueña de Presidencia Roque Sáenz Peña. No era, no es su lugar natural.
Ismael, como mi hijo de 13 años, tendría que haber estado en su casa, preparando la mochila para ir hoy al cole, cenando, leyendo un libro, jugando con su celular o pasando mensajes por whatsapp.
Pero no.
Alguien decidió otra cosa. Alguien que ni siquiera fue el policía chaqueño que disparó.
Alguien decidió que Ismael sobraba, que no era prioritario.
Alguien decidió que a Ismael se lo podía descartar.
A Ismael lo mató el hambre. La bala oficial fue un vulgar sicario.
Ismael dejó de existir, como muchos otros, en diciembre de 2015. Algunos dirán que los que se fueron eran unos ladrones. Puede ser. Otros dirán que los ladrones son los que vinieron. También puede ser. Para determinar eso, tendríamos que esperar la actuación de la Justicia, la intervención del Estado.
Un Estado que decidió no cuidar a Ismael.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Ustedes y Nosotros

Somos diferentes hasta en la complejidad de nuestros reclamos.

Ustedes querían que se fuera un gobierno por cinco puntos de retenciones.
Ustedes quieren que se encuentre al asesino de un suicida.
Ustedes querían comprar dólares. 
Ustedes quieren matar a los negros pobres homosexuales artesanos hippies comunistas peronistas zurdos montoneros choripaneros planeros empleados públicos maestros que quieran enseñar gente con aerosoles por el solo hecho de serlo.
Ustedes quieren ser los únicos dueños de la verdad.
Ustedes quieren que mande el sentido común.

Nosotros queremos que aparezca Santiago Maldonado

viernes, 1 de septiembre de 2017

Marchamos

Hoy, 1 de septiembre de 2017, se marcha.
En todo el país, se marcha.
En todas las plazas de todas las ciudades se marcha.
Se marcha con velas.
Se marcha en silencio.
Se marcha cantando.
Se marcha pidiendo por la aparición con vida de Santiago Maldonado.
Se marcha porque hay alguien que no está porque el Estado así lo quiso.
Cuando ya pensábos que soaente marcharíamos para recordar otra vez marchamos por que otra vez.
Y marchamos en defensa propia.
Marchamos porque otra vez algo habrá hecho.
Marchamos porque hay vidas que valen y vidas que no.
Marchamos porque hay cuerpos que importan y cuerpos que no.
Marchamos porque ahora la delación empieza en 0800.
Marchamos porque quieren callarnos.
Marchamos porque nuestros muertos exigen que marchemos.



miércoles, 30 de agosto de 2017

No quiero política en las escuelas

No quiero política en las escuelas.
Entonces no querés que se enseñe Historia, porque cualquier forma de enseñar la Historia implica una toma de posición. La neutralidad es eso también, una toma de posición. Un docente neutral diría que en Alemania hubo un señor que se llamó Adolf Hitler que comandó un régimen nacionalista, que ocupó toda Europa central y que habría matado a varios miles de judíos, gitanos, homosexuales y demás. Un docente neutral no tendría el archivo con los seis millones de nombres. O con los millones que masacró el Stalinismo. O el Franquismo, o el cristianismo español. No hay un número cierto de esclavos traídos a América. Eliminemos entonces la Historia de las escuelas, porque no hay manera neutral de enseñarla.
No quiero política en las escuelas.
Entonces no querés que se enseñe Geografía, porque tendrías que decir que hay un país que ocupa un territorio en nuestro territorio, pero como ellos dicen que es suyo, y nosotros decimos que es nuestro, y no hay ningun certificado de propiedad no podés decir nada al respecto.
No quiero política en las escuelas.
Entonces eliminemos la Educación Física, que se basa en enseñar, a través del deporte, cuáles son los beneficios de una vida sana. Si algo es mejor, no es neutral. Si se separa por sexos tampoco lo es. Si enseña a trabajar en equipo tampoco lo es.
No quiero política en las escuelas.
Eliminemos las matemáticas. LA suma de los opuestos da un solo resultado: 0. La neutralidad no necesita, entonces, matemáticas.
No quiero política en las escuelas.
Entonces eliminemos las artes, y la literatura, que enseñan el disfrute de la belleza, como autor o como espectador. Lo bello y lo feo no son neutrales.
No quiero política en las escuelas.
Al elegir el lugar en el que vas a educar a tus hijos estás definiendo que educación darles, según tus intereses y tus posibilidades económicas. Segú tu credo. Según el valor que le das al conocimiento. La neutralidad no admite estas elecciones.
Eliminemos, entonces, las escuelas.

jueves, 7 de julio de 2016

Como José

Hoy quiero ser como José, cuando decide que lo real es solamente lo que sale del lápiz que tiene en su mano derecha, y resolver en un trazo que el tiempo no es más que una fantasía de un viejo alemán con los pelos parados que nunca existió, porque es un dibujo de José.
Hoy quiero vivir en la fantasía de que solamente hayan sido los momentos que yo quiero que hayan sido. Los nacimientos, los mares, los ríos, las noches. Mi vieja enseñándome a leer, mi viejo contando una historia, la complicidad con  mi hermano. La Tata sacando un sabor de sus manos sabias. La tarde de 1989 en que supe quién iba a ser. El día de la última materia, el abrazo interminable con los otros abrazos y un diciembre eterno de 1995.
La primera cabeza asomando, el primer cuchillo hendiendo la primera piel. La primera noche heroica, la primera noche de sudor. Tu cara bajando del tren, una noche fría cerca del río. Juan entregando tu mano un mediodía de locro y humitas en una feria remota. Cada batalla que nos puso en este lado del mundo. Naza enroscado en su cordón. Naza enroscado en sus dudas. José y su llegada en una tarde de furia y sangre. José en su furia de artista. Juan en sus noches eternas. Juan en su regreso de plenitud a su andar.
Hoy quiero acordarme de los sabores, de los olores, de los tactos, de las canciones. De la textura del maíz, del espesor del trigo, de la harina sobre todo. De la papa y la masa y la carne y las frutas.
Hoy quiero acordarme de una ciudad al frente de otro país, de una infancia con río y caballos.

Hoy quiero ser como José, y dibujar el mundo como yo quiero que sea. 

viernes, 15 de enero de 2016

LA PACIENCIA SE ACABÓ

Vivimos en un sistema democrático en el cual podemos, cada dos años y mediante el voto, modificar la realidad política de nuestro país. Tuvimos que pagar una alto precio para llegar hasta acá, muchos quedaron en la memoria, mucha sangre se derramó, para usar una frase que ya es de todos.
Vivimos en un sistema democrático en el cual, de a poco y por las piedras, pudimos ver cómo gracias a la lucha de muchos, se fueron consagrando derechos fundamentales para las mayorías y, especialmente, para las minorías. Un camino que se inició hace ya treinta años con la sanción de la Ley de Divorcio, que pasó por los Derechos de los Niños y los Adolescentes para llegar finalmente, en estos últimos 13 años a la sanción de leyes que igualan derechos fundamentales para quienes estaban excluídos del sistema por ser pobres, por ser mujeres, por vivir su sexualidad de la forma que ellos y ellas hubieran elegido. Fue en este marco de consagración de derechos que se crearon los Programas de Salud Sexual y Reproductiva y de Educación Sexual Integral, los cuales estaban dirigidos a garantizar la Salud Sexual de aquellos más vulnerables, de aquellos que no tenían acceso a los métodos anticonceptivos o a la educación sexual o a la atención de sus intereses al respecto. Alguien dijo alguna vez que la salud no es para los secos. Estas leyes y estos programas venían a refutar esta afirmación con claridad, simpleza y hasta poesía. Basta con leer el texto, de una tremenda claridad conceptual y que no deja resquicios para interpretaciones torcidas o controversiales. La ley que permitía el acceso gratuito y universal a la Ligadura de Trompas/Vasectomía completó este cuadro. Cada uno de nosotros tenía la capacidad legal de decidir acerca de su vida sexual y reproductiva, capacidad garantizada por el Estado desde la educación primaria ya que no sólo de anticonceptivos venía la cuestión.
Hasta ahora.
Hace pocos días se publicó en el Boletín Oficial de la Nación un decreto rubricado por el Gerente General de la República, Ingeniero Mauricio Macri, en el cual se define la estructura del Ministerio de Salud de la Nación. En dicho decreto no se menciona al Programa de Salud Sexual y Reproductiva. No se lo nombra. No se habla de él. Se lo deroga por simple omisión lo cual representa toda una definición ideológica. Se condena a millones de personas a no recibir educación sexual, se bloquea el acceso a los métodos anticonceptivos, se castiga la sexualidad de los más pobres. Se interviene sobre los cuerpos de los más vulnerables de la peor manera posible: eliminando su autonomía, aniquilando su capacidad de decisión. En un país en el que algunos de los problemas a resolver en cuanto a Salud Sexual incluyen el embarazo adolescente, la mortalidad por complicaciones de abortos clandestinos y las enfermedades de transmisión sexual el Directorio a cargo del país nos deja sin herramientas, enfrentando a tanques de guerra con palos de escoba.
Este tipo de decisiones definen qué tipo de gobierno tenemos, por más que el CEO Macri diga que vino a desideologizar la región. Para quienes pregonan la política zen, para quienes sugerían esperar para ver qué pasaba llegan estos momentos, estas determinaciones. Acá no hay posibles ñoquis ni números a los que hacer decir lo que uno quiere. Acá no hay interpretaciones posibles. Acá una invasión brutal a la autonomía de las personas, al respeto de su capacidad para decidir sobre su vida, sobre su cuerpo, sobre su goce. Si los ideólogos de esto son tipos siniestros y retrógrados como Abel Albino, eso no lo podemos asegurar, pero todo hace pensar que así podría ser.
Quienes persistan en su defensa de esta administración (en el sentido estrictamente consorcial del término) me encontrarán siempre en la vereda opuesta, cada vez con mayor convicción.

Frente a estas realidades no hay neutralidades posibles.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

TAPITAS

Decir que vivimos tiempos decisivos es una redundancia no solamente si pensamos en nuestro país. En este mundo postglobalizado cada día es histórico, cada día nos plantea una disyuntiva. Cada día puede marcar el inicio de una nueva era. En el caso puntual de la Argentina, uno de esos días definitivos será, sin dudas, el 22 de noviembre.
Ese día será histórico por varias cuestiones: será la primera vez que se llevará a cabo una segunda vuelta para elegir presidente y es la primera vez que la derecha neoliberal puede llegar al poder limpiamente, en elecciones libres y sin distorsionar sus intenciones. Macri es lo que Menem hizo, pero el riojano llegó al gobierno con un discurso peronista que luego contradijo en todas sus variantes. El ingeniero intenta ahora, por una cuestión electoral, suavizar algunos de sus conceptos más duros, pero nadie que sea capaz de realizar un análisis más o menos completo de su trayectoria como empresario, dirigente de fútbol o alcalde puede dudar acerca de cuál será la orientación que tendrá su gestión. Por otro lado, Daniel Scioli llega a esta contienda de la mano de los doce años kirchneristas a nivel nacional, con ocho años de gestión propia en el principal distrito electoral del país, con un  perfil más nacional y popular. Basándonos en sus antecedentes también podremos avizorar qué tipo de presidencia vendrá si es él quien sume más porotos el domingo.
Cada voto que se emita el domingo vale lo mismo: uno. Un punto, un poroto, una raya en la pared. Ni más ni menos, y esto es lo más importante de la democracia. Poco hay más trascendente en la vida de una persona que la posibilidad de elegir quién gobernará. Una decisión que tendría que tener un nivel de trascendencia equivalente a la elección de la religión o de la orientación sexual, pero en diferentes planos. En lo personal, estos dos caminos pueden ser más o menos relevantes, pero en cuanto sociedad las leyes están por encima de las opciones personales y de tal manera deberíamos pensar el voto. Digo yo, pero la otra manera de interpretar la cuestión también es válida.
Y así llegamos al nudo del problema.
Desde dónde nos expresamos, en qué punto nos paramos al momento de elegir a nuestros representantes, qué nos motiva en esta circunstancia. Las elecciones marcan la actitud política de cada individuo frente a la realidad que le toca vivir. Y no existe la neutralidad. Incluso cuando alguien decide no concurrir al acto electoral está marcando una toma de posición. Y toda toma de posición es válida siempre que sea honesta. No existen votos correctos o incorrectos, útiles o inútiles, mejores o peores. Y la motivación de cada quién es absolutamente personal e intransferible. Y cada uno de nosotros vota por una motivación personal o por un interés personal. Nadie vive guacho de contexto. Tiene el mismo valor que alguien decida por el candidato que le aumentará el valor del dólar, lo cual resultará beneficioso para su negocio, o quien necesite la Asignación Universal por Hijo o quien lo hace por un concepto comunitario. Habrá también quién vote por repugnancia a quien gobierna, más allá de las propuestas del que se encuentra en frente.
Personalmente creo que, en esta oportunidad, se juegan dos conceptos con respecto a la sociedad en la que queremos vivir: el individualista y el comunitario.
Quienes voten desde lo individual elegirán un gobierno que privilegie sus intereses económicos y sociales, sus hábitos de consumo y su estándar personal sin meditar acerca de la manera en la que las políticas que se adopten pudieran afectar a aquellos que no cuenten con una base de sustentación que les permita sostenerse. Quienes tengan la opción de elegir entre la salud y la educación privadas y cuyos trabajos no dependan directamente del control estatal seguramente elegirán este camino. Quienes consideren que sus logros se han dado por fuera del contexto político del país también, así como quienes piensen que la excelencia es una cuestión permitida solamente a quienes se lo puedan pagar.
A la sombra de la otra pared se encuentran quienes piensan que lo comunitario es primordial, quienes piensan que el acceso a la salud y a la educación debería ser universal, quienes están dispuestos a perder algunos privilegios si esto será beneficioso para los más vulnerables.
La diferencia fundamental está dada por la manera en la que vemos al otro.
Podemos pensar en el otro como un igual que no ha tenido las mismas oportunidades de crecimiento personal, desde la educación primaria hasta la Universidad. Podemos pensar en el otro como sujeto de solidaridad y no como receptor de caridad. Cuando damos una tapita de plástico para ayudar a un Hospital como el Garrahan, desfinanciado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires estamos legitimando esa actitud de abandono por parte de quien debería sostener el sistema de salud, pero no solamente eso. Cuando nos quedamos en dar la tapita en realidad estamos dando el último residuo de nuestro consumo, la tapa de un envase que no se volverá a utilizar. Sin dudas que ese gesto ayuda, pero muchas veces se queda corto. Entre las tapitas y el barro hay un trecho importante, y nadie tiene la obligación de ensuciarse si no quiere. Pero nadie tiene el derecho de atacar a quienes lo hacen por su identificación partidaria. Queda en cada uno plantearse qué responsabilidad tiene para con su comunidad, y si decide o no asumirla. Pero esa es una cuestión para comentar en otro momento.

Nadie está obligado a interesarse por el otro en cuanto ser humano sujeto de derechos. Simplemente hay que hacerse cargo de las posturas que asumimos.